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Una generación inquieta

Rivista Africa 18.01.2026 Mario Giro Traducido por: Jpic-jp.org

África es el continente más joven del planeta: una fuerza vital, pero también una bomba demográfica lista para estallar si no se encuentran respuestas. Millones de jóvenes desempleados, frustrados y sin guía alimentan el “abultamiento juvenil” que redefinirá la geopolítica global.

 

La cuestión juvenil constituye el núcleo de las crisis y conflictos en África subsahariana. Con una edad media de 19 años, África posee la población más joven del mundo: el 60 % tiene menos de 25 años, y más de un tercio entre 15 y 24. Para 2100, los africanos menores de 25 años serán mil millones. Una fuerza vital, pero también —para muchos— una bomba demográfica de relojería, lista para estallar si no se hallan respuestas adecuadas. Los analistas hablan de youth bulge, “abultamiento juvenil”: millones de jóvenes desempleados o con trabajos precarios y mal remunerados que alimentan frustración y desigualdad. Una masa vulnerable, presa fácil de radicalizaciones, violencias o redes criminales. De ahí surge la idea, cada vez más explícita, de “exportar mano de obra” para aliviar la presión interna: una emigración fomentada por los gobiernos, funcional también al mantenimiento del poder.

El deseo de “salir” se convierte en el gran dato geopolítico del siglo XXI. Estos jóvenes son hijos de nadie, engendrados por una globalización madrastra que todo promete y nada cumple. Carecen de guía y referentes, huérfanos incluso de las familias tradicionales barridas por la urbanización y la modernidad. Cuando se rebelan, a menudo son engañados: desde Sudán hasta el Sahel, pasando por Madagascar, expulsan a líderes corruptos para después ver cómo los militares les arrebatan el poder. Es un “68 africano” incapaz de transformar la realidad: revueltas sin revolución, esperanzas rotas. La democracia sigue siendo un espejismo. En las megalópolis, vivir significa sobrevivir, y las sectas que predican la teología de la prosperidad difunden una mentalidad individualista en la que todo se compra, incluso la salvación. Es un mundo donde el éxito individual sustituye al bien común. Como observa Jean-Léonard Touadi, los jóvenes africanos viven un “doble abandono”: por parte de sus gobiernos, que les temen, y del resto del mundo, que los rechaza. Se sienten malditos en su propia tierra y reaccionan con una energía desesperada: aprenden a ser agresivos, decididos, menos dóciles que sus padres. Su rabia es una forma de seguir vivos.

En las megalópolis africanas, cada vez más ingobernables, la vida cotidiana es una lucha por la supervivencia. “Sálvese quien pueda” y “cada uno se salva por sí mismo” son las consignas de una sociedad marcada por la teología de la prosperidad predicada por numerosas sectas religiosas: una doctrina que privatiza la esperanza y mercantiliza la salvación. Todo se paga, nada es gratuito. Así, la salvación individual se vincula al rechazo del pasado —tradicional, colonial y poscolonial— y también al rechazo del extranjero.

Los jóvenes africanos se perciben solos, como individuos desvinculados de toda pertenencia. Reclaman el derecho a “tomar su parte” en el mundo, incluso forzando las fronteras. Se trata de una revolución antropológica consumada: el modelo ya no es la familia, el clan, la nación o el continente, sino el individuo o la multitud. Para la nueva intelligentsia africana, el continente ya no es “negro” sino “gris”: ha desaparecido la África romántica que soñaba con un destino común basado en el ubuntu, el sentido de comunidad.

Permanece una África decepcionada y estéril que, entre corrupción y violencia, no ha sabido amar a sus propios hijos y ahora sufre su rechazo. Esta es la verdadera fractura: una ruptura emocional consigo misma y con su propia tierra. Incluso la expulsión de los franceses del Sahel oculta el deseo de reapropiarse del propio destino, de volver a amar una patria que ha dejado de acoger. Pero por ahora domina la desorientación. Estos jóvenes, criados en el flujo caótico de la globalización, solo buscan emerger, existir, triunfar.

Es con ellos —con esta generación inquieta e impaciente— con quienes Occidente tendrá que enfrentarse muy pronto.
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