En la Cisjordania ocupada, los niños de un poblado beduino en Khan al-Ahmar vivieron una jornada especial en el desierto junto a sus madres y a las hermanas combonianas guiadas por la hermana Lourdes García. La excursión, marcada por juegos y momentos de convivencia, se convirtió en un signo concreto de una esperanza que se construye cada día mediante relaciones de confianza con familias musulmanas. Durante el encuentro surgió también un diálogo espontáneo sobre la Cuaresma y el Ramadán: el ayuno cristiano y el islámico fueron reconocidos como caminos orientados hacia una oración más intensa y una mayor solidaridad con quienes tienen menos.
Una excursión en el desierto, que empieza a florecer, para los niños del jardín de infancia de la comunidad beduina Mihtawish que vive en las aldeas de Khan al-Ahmar (al este de Jerusalén), situadas en la denominada Área C de Cisjordania, bajo pleno control civil y militar israelí: quien relató al Sir (Servicio de Información religiosa) esta «experiencia», vivida en los últimos días, es la hermana comboniana Lourdes García quien, junto con otras religiosas misioneras, trabaja desde hace años, día tras día, con proyectos educativos, sanitarios y de apoyo entre las mujeres y los niños beduinos.
«Nuestro compromiso —explica— está orientado a construir relaciones de confianza con estas familias, todas ellas musulmanas. Tratamos de estar cerca de ellas, escuchando sus historias y respondiendo a sus necesidades». Una de esas necesidades es «el aprendizaje y la alfabetización de los niños». Con este objetivo, las hermanas apoyan cinco jardines de infancia beduinos, enseñando a los niños a leer y escribir y ofreciéndoles asistencia y un entorno seguro.
Excursión en el desierto
«Este año los días de lluvia han sido pocos, pero intensos, y ahora la tierra árida empieza a florecer tímidamente, como si celebrara la vida en silencio», cuenta la religiosa. «Con la llegada del buen tiempo, las maestras del jardín de infancia del poblado me propusieron la caminata anual por el desierto».
La solicitud llegó antes de lo habitual, ya que normalmente la excursión se realiza en primavera y no en invierno, explica la hermana Lourdes. «Además, el 17 de febrero comienza el Ramadán, por lo que una fecha más adecuada habría sido después de su final, el 19 de marzo». Pero no hubo manera: «el entusiasmo contagioso y la impaciencia de las madres y de las maestras nos impulsaron a partir sin esperar», relata la comboniana. «El clima era magnífico y, como llamadas por el desierto, fuimos».
Era el segundo año en que las madres de los niños participaban también en la excursión.
«Mientras caminábamos —cuenta la hermana Lourdes— me decían, entre sonrisas y complicidad, lo felices que estaban de salir y de vivir al menos un día distinto: un día sin lavar, sin cocinar, sin las tareas del hogar. Un día para respirar. Por eso, este año decidieron algo especial: comprar comida para la excursión. Decían: “Queremos que este día sea también un día de descanso y de relax”. Y así fue».
Cuaresma y Ramadán
La jornada transcurrió entre caminatas, cantos, juegos y bailes, y las madres se divirtieron tanto como los niños. «El desierto fue testigo de risas, de pasos lentos, de miradas agradecidas y de un descanso que no siempre pueden permitirse».
«Durante la excursión —añade la hermana Lourdes— surgió un momento de intercambio sencillo pero profundo. Hablamos de cómo vivimos la Cuaresma, de nuestra manera de ayunar, de las diferencias y también de las semejanzas con el Ramadán. Juntas llegamos a una conclusión que nos unía: un ayuno ofrecido también por quienes no tienen».
«Mientras hablábamos, escuchaba algunos susurros llenos de sorpresa: “también los cristianos tienen un tiempo casi como el nuestro”, decían las mujeres».
Al final de la excursión, concluye, «regresé a casa con el corazón lleno. Agradecida a Dios por estos momentos sencillos y profundamente sagrados de encuentro, de diálogo interreligioso, de respeto y de humanidad compartida. En el silencio del desierto, Dios me recordó una vez más que la misión se construye en lo cotidiano: caminando juntos, escuchándonos, compartiendo la vida con respeto. Allí donde hay encuentro, cuidado y fraternidad, Él ya está obrando».
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