Tone La Maji se encuentra en la localidad de Nkaimurunya, en la subcondado de Kajiado Norte, al sur de Nairobi. Se presenta como una especie de casa de campo inmersa en el bosque, con edificaciones sencillas y amplios espacios abiertos que transmiten de inmediato una profunda sensación de tranquilidad. Es un lugar acogedor, que invita a quien pasa cerca a cruzar su umbral.
En realidad, Tone La Maji es un centro de rehabilitación gestionado por la Comunidad Koinonia, una comunidad cristiana fundada en Kenia en los años noventa por el misionero comboniano italiano Padre Kizito. El objetivo de la organización es rehabilitar, cuidar y ofrecer educación a niños en situación de vulnerabilidad, para luego reintegrarlos en sus familias o comunidades de origen.
Actualmente, en esta estructura viven un total de 45 niños y adolescentes, todos menores de edad, con historias diversas y edades muy distintas. La vida en Tone La Maji transcurre con un ritmo bien definido: la jornada comienza al amanecer con la oración, seguida del desayuno y de la escuela, a la que algunos asisten en el nivel primario y otros en niveles superiores. El personal que cuida de estos niños ha tratado de recrear el ambiente de una familia africana típica, donde cada uno pueda sentirse acogido y disfrutar del calor de la vida familiar.
«Un niño pertenece a la comunidad», reza un antiguo proverbio africano. Este principio parece guiar cada aspecto del proyecto: la convicción de que ningún niño debería crecer en soledad, sino dentro de un camino compartido, en el que los adultos asumen la responsabilidad de guiar, proteger y ofrecer nuevas oportunidades.
Tone La Maji nace precisamente como un signo de esperanza para niños en situaciones difíciles, en particular para aquellos que viven en la calle.
La dura realidad de los niños de la calle
En Kenia, se estima que entre 250.000 y 300.000 niños están “vinculados a la calle”. En Nairobi, alrededor de 3.000 niños y niñas pasan la noche durmiendo en las calles de la ciudad, mientras que hasta 60.000 otros viven y trabajan en las calles de la capital durante el día (DatiRescue Data Center).
Las causas de este fenómeno son múltiples: la pobreza, la incapacidad de las familias para satisfacer las necesidades básicas, las disfunciones familiares, a menudo marcadas por abusos, violencia doméstica y negligencia. Según UNICEF, el 45% de los menores en Kenia —es decir, unos 9,5 millones de niños menores de 18 años— vive en condiciones de pobreza.
La pobreza, y con ella el hambre, se convierte en el principal enemigo de estos niños, obligados a elegir la calle como única alternativa de supervivencia. La falta de acceso regular a alimentos y agua los empuja a buscar cualquier forma de aliviar el dolor del hambre y del cansancio y, en condiciones tan extremas, sustancias como la cola, el bhang (subproducto de la mariguana) u otras drogas ligeras parecen ser los únicos “compañeros” capaces de ayudarles a llegar al final del día.
Particularmente extendido es el consumo de cola en especial la cola para zapatos, que se inhala para obtener un estado de euforia temporal. También conocida como kamusina, esta sustancia es suministrada por distintos zapateros locales, que a su vez viven en condiciones de precariedad, alimentando así un círculo de explotación que enriquece a unos pocos a costa de los más vulnerables, en este caso los niños.
La función principal de esta sustancia, como la de todas las drogas, es olvidar. Aunque sea por unos minutos, quienes la inhalan dejan atrás el hambre, el frío y la violencia cotidiana. «Cuando inhalo cola, durante algunas horas no siento el dolor, el hambre ni el miedo. Es la única manera de sobrevivir», relata uno de los muchos niños que viven en las calles de Nairobi.
A corto plazo, inhalar kamusina provoca un estado de aturdimiento similar a la embriaguez, aparentemente inofensivo y temporal, pero que a largo plazo tiene consecuencias devastadoras: depresión, pérdida de concentración y de coordinación motora. Por esta razón, estos niños son a menudo llamados “niños zombis”: deambulan sin conciencia, con una botella de plástico o de vidrio en la mano, vendida por menos de 25 centavos por hombres o mujeres sentados en los márgenes de las calles de la ciudad.
Esta búsqueda de alivio inmediato a través de las drogas oculta un enorme riesgo: muchos niños desarrollan dependencia y graves problemas de salud, desde daños cerebrales hasta afectaciones pulmonares, e incluso riesgo de sobredosis.
Además, alimenta la actividad de diversos grupos criminales que explotan la pobreza infantil para obtener beneficios. A menudo, para conseguir estas sustancias, los menores se ven obligados no solo a robar, sino también a ceder a las exigencias de adultos o grupos criminales. De este modo, la vida en la calle se convierte en un ciclo continuo de hambre, abuso y dependencia, donde la supervivencia diaria prevalece sobre cualquier otro derecho, desde la educación hasta la protección física y psicológica.
Una historia de renacimiento
Entre estos “niños zombis”, dos viven hoy en Tone La Maji. Baraka y Daniel son dos hermanos de 11 y 13 años, respectivamente, que en el pasado vivían en las calles de Nairobi inhalando cola.
El personal del centro, gracias a un largo proceso de identificación y construcción de confianza, abrió las puertas de la casa a estos dos niños. Ambos atravesaron primero un rito simbólico: quemar su ropa, un gesto que marca el abandono de la cola y de la vida anterior en la calle, y comenzaron poco a poco a construir una nueva existencia en Kajiado.
Recuperar a estos niños significa mucho más que sacarlos de la calle: es un proceso complejo que requiere seguridad, confianza, apoyo educativo y reintegración social. El primer paso es siempre el contacto y la construcción de confianza; para ello, trabajadores sociales y ONG se acercan a los niños con respeto y escucha, sin juzgar, ofreciendo a menudo comida, agua o simplemente atención. Solo cuando se establece una relación de confianza es posible acompañarlos hacia estructuras seguras como Tone La Maji.
En este lugar, los dos hermanos están recuperando poco a poco aquello que habían perdido: la infancia, la seguridad y la posibilidad de crecer sin miedo. No se trata únicamente de retomar la educación a través de los libros y las clases en la escuela del distrito, sino también de redescubrirse a sí mismos y la alegría de vivir gracias al deporte, el acompañamiento espiritual, los momentos de ocio y la convivencia con otros niños del centro.
Cada actividad, cada pequeño gesto, contribuye a reconstruir esa sensación de normalidad y seguridad que miles de estos jóvenes han tenido que abandonar a una edad en la que deberían dedicarse únicamente a crecer, jugar y aprender, y no a luchar diariamente por sobrevivir.
Hoy, Baraka y Daniel ya no son los niños invisibles que vagaban por las calles persiguiendo la supervivencia. Día tras día, se están dando la oportunidad de confiar y creer en sus propias capacidades. Tone La Maji ha permitido recomponer, pieza a pieza, las infancias desgarradas de estos jóvenes, como se remienda un tejido roto: reconstruir vidas devolviendo a estos niños la seguridad, el amor y la dignidad que merecen.
El camino de Baraka y Daniel es un pequeño pero poderoso ejemplo de cómo, incluso en los contextos más desesperados, la esperanza puede transformar la vida de un niño. “Koinonia”, del griego “comunión”, significa precisamente eso: un lugar de acogida y apoyo, donde los más vulnerables pueden sentirse parte de algo, y donde la comunidad y el compartir se convierten en el hilo que une a quienes, de otro modo, correrían el riesgo de quedarse solos.
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