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El profundo desorden y la virtud de la prudencia

Avvenire 19.10.2025 Mauro Magatti Traducido por: Jpic-jp.org

Palabra antigua, “la prudencia” a menudo malinterpretada, designa una cualidad muy distinta de la mera cautela o del miedo. No consiste en retirarse, sino en saber actuar teniendo en cuenta la complejidad.

 

Desde hace ya varios años, el mundo vive en un estado de profundo desorden. Es como si hubiera entrado en una fase entrópica: el orden ya no se regenera espontáneamente, las conexiones se multiplican sin producir cohesión, y las sociedades oscilan entre el miedo y la desorientación.

En este contexto, no resulta sorprendente que la seguridad aparezca como el valor absoluto de nuestro tiempo: seguridad sanitaria, energética, digital, militar y financiera. Se multiplican las demandas de protección, los dispositivos de vigilancia y las barreras tanto físicas como simbólicas. Toda amenaza, real o percibida, se convierte en argumento para restringir los espacios de libertad, justificar el control y consolidar el poder.

La lógica de la seguridad se basa en el miedo al otro y en la idea de que el desorden sólo puede neutralizarse levantando barreras o reforzando los ejércitos. Sin embargo, lo que se obtiene no es la paz, sino una condición de suspensión permanente: un equilibrio estático y defensivo que congela la vida en lugar de permitirle regenerarse.

La seguridad, entendida como eliminación del riesgo, conlleva una renuncia a la acción. Si cada paso puede ser peligroso, la respuesta más evidente es no moverse en absoluto. Pero una sociedad que no actúa, que vive únicamente para protegerse, está destinada a implosionar. La acción, como recordaba Hannah Arendt, es la dimensión constitutiva de lo humano: abre el mundo, lo renueva y lo hace existir en el tiempo.

Cuando la acción es sustituida por la mera reacción, la historia se detiene y sobreviene la parálisis. Por eso la búsqueda obsesiva de seguridad, aunque comprensible, acaba alimentando precisamente el desorden del que pretende proteger: inmoviliza las energías vitales, apaga el deseo y borra la confianza.

En realidad, lo que verdaderamente necesitamos es la prudencia, una palabra antigua, a menudo malinterpretada, que designa una virtud muy distinta de la cautela o del miedo. La prudencia (del latín prudentia, derivado de providere, “ver antes”) no consiste en retirarse, sino en saber actuar teniendo en cuenta la complejidad. Es la capacidad de discernir, de evaluar las consecuencias y de ponderar los distintos factores en juego sin reducirlos a uno solo.

Aristóteles la consideraba la virtud práctica por excelencia, aquella que permite traducir los principios éticos en acción concreta en situaciones inciertas y cambiantes. La prudencia es, por tanto, un saber de la acción, una inteligencia encarnada que reconoce los límites y las posibilidades de lo real.

A diferencia de la seguridad, que busca abolir el riesgo, la prudencia lo asume conscientemente. No niega la incertidumbre del mundo, sino que aprende a navegarla. Es la virtud de quien no se deja paralizar por el miedo, pero tampoco se engaña pensando que puede dominarlo todo mediante la técnica o la fuerza.

La prudencia no es la virtud del fuerte, sino del sabio: de quien comprende que la vida es frágil y que precisamente por ello debe ser protegida sin ser encerrada. Significa moverse en el mundo con atención, pero también con confianza; reconocer los peligros sin renunciar al futuro.

Hoy, en una época dominada por algoritmos que calculan cada probabilidad y por poderes que prometen una protección total, redescubrir la prudencia es a la vez un acto político y espiritual. Es reconocer que el futuro no se construye evitando los choques, sino afrontándolos con discernimiento. La idea de seguridad tiende a fijar el presente; la prudencia, por el contrario, abre el camino hacia un futuro que aún no existe.

Quien es prudente no se limita a reaccionar: imagina, prevé y orienta. Es capaz de tomar decisiones que no se basan únicamente en el cálculo, sino también en la medida, el equilibrio y el respeto de la complejidad de lo vivo. En este sentido, la prudencia es la virtud de la generatividad: de quien sabe que toda elección implica un riesgo, pero también la posibilidad de dar vida a lo nuevo.

Una sociedad prudente no es una sociedad cerrada sobre sí misma, sino una sociedad que aprende a cuidar su propio camino, a pensar en las consecuencias de sus actos y a entrelazar la libertad con la responsabilidad. Donde la seguridad inmoviliza, la prudencia pone en movimiento; donde la seguridad cierra, la prudencia abre. La historia muestra que los momentos de gran transformación —como el que estamos viviendo— requieren precisamente esta virtud.

En el desorden global no hacen falta nuevos muros ni una carrera armamentística, sino nuevas formas de discernimiento: la capacidad de reconocer lo que vale, de distinguir lo esencial de lo superfluo y de articular las diferencias en lugar de borrarlas. La prudencia significa, en definitiva, dar espacio a una inteligencia del límite frente a la ilusión de omnipotencia.

Es la virtud que permite habitar el mundo sin destruirlo, actuar sin devastar y elegir sin temor. Hoy más que nunca necesitamos una prudencia capaz de convertirse en cultura colectiva —en las instituciones, en la política, en la economía y en la vida cotidiana—. Una prudencia no solo individual, sino también cívica y compartida, que ayude a mantener unidos libertad y responsabilidad, innovación y cuidado, seguridad y apertura. Solo así podremos salir del desorden, no refugiándonos en el control, sino recuperando el sentido de la acción humana.

Ver, Il profondo disordine e la virtù che serve: la prudenza

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