El peligro del algoritmo no es que nos quite el trabajo, sino que nos quite la humanidad. El verdadero problema no es la potencia técnica, sino el poder de influencia que quienes controlan los datos ejercen sobre la construcción de la realidad social, sobre los imaginarios colectivos y sobre las soluciones que se vuelven pensables, legítimas e inevitables. Un ámbito en el que este mecanismo es particularmente evidente es el de las políticas sociales, y de manera aún más clara el vínculo entre migración y seguridad. La sociedad civil es quizás el único verdadero antídoto frente a esta deriva, pero con una condición: crecer en conciencia y en competencia.
El debate público sobre el uso de los datos y de los algoritmos es sorprendentemente pobre, sobre todo si se compara con el poder real que estos instrumentos ejercen. Se sigue reduciendo todo a la cuestión, ya casi ritual, de la Inteligencia Artificial que “roba el trabajo”, como si el problema fuera solo laboral y como si bastara con regular sus efectos secundarios. Es una simplificación cómoda, pero profundamente engañosa. El verdadero problema no es la potencia técnica, sino el poder de influencia que quienes controlan los datos ejercen sobre la construcción de la realidad social, sobre los imaginarios colectivos y sobre las soluciones que se vuelven pensables, legítimas e inevitables. Un ámbito en el que este mecanismo es particularmente evidente es el de las políticas sociales, y de manera aún más clara el vínculo entre migración y seguridad. Aquí no estamos solo ante el riesgo de las noticias falsas, sino ante la producción sistemática de verdaderas fake truth: narraciones coherentes, respaldadas por paneles de control, indicadores, mapas y modelos predictivos que terminan por parecer objetivas, científicas e indiscutibles. Es en este espacio donde el uso de los datos y de las tecnologías se vuelve explosivo, porque no se limita a describir el mundo, sino que lo construye.
El caso de Palantir Technologies es emblemático. El uso de sus plataformas por parte de los gobiernos, en particular en Estados Unidos para el control de las fronteras y de las políticas migratorias, muestra con claridad que la tecnología nunca es neutral. Los instrumentos que agregan, cruzan y visualizan enormes cantidades de datos no incorporan solo una lógica de eficiencia, sino también una visión precisa del mundo. Fenómenos sociales complejos se traducen en problemas de orden público; las personas se convierten en perfiles de riesgo; las migraciones se transforman en flujos que hay que interceptar, bloquear o rechazar. En este proceso, la dimensión política, social y humanitaria se vacía progresivamente, absorbida por una gramática técnica que parece evidente por sí misma.
El punto crucial es que estas tecnologías no se limitan a apoyar decisiones, sino que se proponen reeducar a las instituciones. Acostumbran a las administraciones y a los responsables políticos a leer la realidad a través de categorías predefinidas, métricas y puntuaciones. Reducen el campo de las alternativas, empujando hacia soluciones prefabricadas, a menudo securitarias, aparentemente inevitables. Así, la técnica se convierte en un poderoso instrumento para reducir la complejidad y vaciar el papel pensante y político de las comunidades: lo que es una elección de valores se presenta como una necesidad objetiva, lo que es controvertido como neutral, lo que es conflictivo como ineficiente. Aquí se juega una partida que va mucho más allá de las normas jurídicas.
El riesgo es que la influencia de los responsables de las grandes empresas tecnológicas, cada vez más presentes en cargos estratégicos del aparato público tras haber pasado por las corporaciones, termine por rediseñar el propio espacio de lo social, redefiniendo sus prioridades, significados y fronteras. El resultado es un vaciamiento del papel de las comunidades, de la deliberación democrática y de la capacidad colectiva de imaginar respuestas diferentes. Es precisamente en este espacio donde el tercer sector y la sociedad civil ya no pueden permitirse ser marginales. La idea de impotencia, según la cual estos temas serían demasiado grandes, demasiado globales o demasiado técnicos para ser afrontados, forma parte ella misma del problema. La sociedad civil es quizás el único verdadero antídoto frente a esta deriva, pero con una condición: crecer en conciencia y en competencia. Salir de los debates instrumentales y reposicionarse como un sujeto capaz de leer críticamente el uso de los datos, desmontar sus narrativas implícitas y proponer visiones alternativas basadas en derechos, relaciones y contextos. En cada país, esto debería convertirse en un eje central del debate público. No para demonizar la tecnología, sino para sustraerla al aura de inevitabilidad que la rodea. Los datos y los algoritmos construyen mundos posibles: decidir qué mundos queremos habitar es una cuestión profundamente política y colectiva. Sin un despertar cultural y sin una inversión seria en las competencias críticas del tercer sector y de la economía social, el riesgo es que el perímetro del sentido y del valor sea progresivamente reescrito en “lenguaje técnico”, perdiendo humanidad y capacidad transformadora.
Ver, Il pericolo dell’algoritmo non è che ci rubi il lavoro, ma che ci rubi l’umanità
Foto de Markus Spiske en Unsplash
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