Justicia, Paz, Integridad<br /> de la Creación
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La cuestión social: prueba de la democracia y del corazón de la Iglesia

Settimana News 24.02.2026 Heiner Wilmer Traducido por: Jpic-jp.org

En 1967, Pablo VI instituyó la comisión «Justicia y Paz» mediante el motu proprio «Catholicam Christi Ecclesiam» del 6 de enero de 1967. Este organismo fue elevado posteriormente al rango de «Consejo Pontificio de Justicia y Paz» por el papa Juan Pablo II y, más tarde, integrado, por voluntad del papa Francisco, en el «Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral». Pablo VI confió a este organismo una función profética afirmando en el momento de su inauguración: «Esta Comisión deberá ser como el gallo en lo alto del campanario, que indica de dónde sopla el viento».

Con esta imagen, Pablo VI quería expresar que el organismo debía estar atento a los signos de los tiempos, interpretar las transformaciones sociales, políticas y económicas del mundo y ayudar a la Iglesia a orientarse y a responder con lucidez a los desafíos de la justicia y de la paz. Resulta, por tanto, oportuno retomar la intervención de Mons. Heiner Wilmer, obispo de Hildesheim, elegido nuevo presidente de la Conferencia Episcopal Alemana, pronunciada durante la sesión de clausura del congreso «La soledad de Europa: las Iglesias y la Unión», dedicada a varios temas relativos a Europa.

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Cuando hoy hablamos de la cuestión social, hablamos del corazón mismo de la fe. Porque allí donde la dignidad humana es amenazada, donde las personas son explotadas, olvidadas o descuidadas, allí se decide si el Evangelio es solo predicado o verdaderamente vivido.

La Conferencia Episcopal Alemana lo expresó así (1980): «La cuestión social es una cuestión de fe. Afecta al ser humano como criatura de Dios y a la sociedad como ámbito de responsabilidad recíproca». La cuestión social, por tanto, no es un tema secundario. Es el centro, la prueba concreta de nuestra fe en Dios hecho hombre.

Los orígenes: de León XIII a León XIV

La cuestión social no nació en las academias, sino en las calles del siglo XIX, en las fábricas, en las casas de los obreros, en su fatiga y en su miseria.

El papa León XIII vio este sufrimiento y en 1891 escribió la encíclica Rerum novarum, un texto que cambió la historia. Afirmó que el ser humano nunca puede ser reducido a un mero instrumento de la economía o del beneficio. Posee una dignidad que nadie puede arrebatarle. Habló de salario justo, de solidaridad y de la responsabilidad del Estado en favor del bien común.

Con ello, León XIII sentó las bases de la doctrina social de la Iglesia. Sobre este fundamento se ha desarrollado toda una tradición:

  • Quadragesimo anno (1931, Pío XI)
  • Mater et magistra (1961, Juan XXIII)
  • Populorum progressio (1967, Pablo VI)
  • Laborem exercens (1981, Juan Pablo II)
  • Caritas in veritate (2009, Benedicto XVI)
  • Fratelli tutti (2020, papa Francisco)

El papa Francisco hablaba de una «cultura de la fraternidad» e invitaba a construir una economía de la vida, no de la exclusión. Y esta línea, que va desde León XIII hasta Francisco, encuentra hoy una continuidad espiritual en el papa León XIV. Él sitúa en el centro la dimensión interior de la cuestión social: la vulnerabilidad del ser humano, la espiritualidad de la responsabilidad y el vínculo entre vida espiritual y vida social.

León XIII defendió a los trabajadores, Francisco la justicia global, y León XIV nos llama hoy a una mística de la responsabilidad: una forma de vida que transforma el mundo socialmente porque antes lo comprende espiritualmente.

Así se tiende un gran arco: desde la fábrica del siglo XIX hasta la conciencia espiritual de la Europa del siglo XXI.

La cuestión social hoy: Europa necesita un alma

Europa se encuentra en un momento decisivo. Tenemos paz, tenemos bienestar, tenemos democracia, pero sentimos que algo se ha resquebrajado. La Conferencia Episcopal Alemana escribe sobre Europa – gestalten und verantworten (2014): «Europa necesita algo más que instituciones y mercados. Necesita un alma. Esa alma nace del respeto a la dignidad humana, de la apertura a Dios y de la conciencia de la responsabilidad recíproca».

Europa no debe ser solo una comunidad administrativa, sino una comunidad de valores. La democracia no vive únicamente de procedimientos, sino de convicciones profundas.

El papa Benedicto XVI afirmó en el Bundestag (2011): «La democracia no vive solo de las mayorías, sino de criterios que son más grandes que el propio ser humano». Y yo añado: una democracia sin Dios se vuelve totalitaria. Una democracia sin trascendencia, sin apertura al cielo, se radicaliza, porque pierde la medida. Pero también es cierto lo contrario: una democracia puede instrumentalizar a Dios. Hemos visto, en Europa y en Estados Unidos, cómo los símbolos religiosos han sido utilizados, cómo la cruz se ha convertido en signo de poder en lugar de signo de paz.

La Conferencia Episcopal Alemana advierte (2014): «Allí donde la religión se convierte en instrumento de poder, pierde su paz. Pero allí donde se sitúa en la responsabilidad de la libertad, se convierte en una bendición para la comunidad».

Europa necesita, por tanto, un nuevo equilibrio espiritual: Dios como fuente de libertad, no como instrumento de poder.

Una nueva actitud: humildad y escucha

Como Iglesia, debemos aprender una nueva manera de hablar y de escuchar. Hubo un tiempo en que estábamos seguros de saber qué era lo correcto. Decíamos a las personas lo que debían hacer o no hacer. Indicábamos a los políticos cómo debían actuar. A veces con celo, otras con presunción.

Y sí, ha habido momentos en los que la Iglesia se ha acercado demasiado al poder político, perdiendo su libertad profética. Hoy necesitamos otra cosa: humildad, sobriedad y escucha. El papa Francisco y el papa León XIV insisten ambos: la sinodalidad no es una reforma estructural, sino una actitud del corazón.

La Conferencia Episcopal Alemana habla de una «cultura de la escucha» (2023): «La Iglesia está al servicio del mundo, no por encima de él. Está llamada a traducir el Evangelio en las preguntas concretas de la sociedad, respetando la libertad de todos». Por ello debemos plantearnos dos preguntas: ¿qué necesitan hoy las personas —en su soledad, en sus miedos, en sus esperanzas—? Y, además, ¿qué pide el Evangelio en este tiempo?

Del encuentro entre estas dos preguntas nace la misión para el mundo. No del poder, no de la predicación, sino de la relación.

Del saber al preguntar: un proceso espiritual

Durante mucho tiempo hemos creído saber demasiado bien qué era lo bueno para los demás. Lo hemos explicado, predicado, a veces impuesto. Pero hemos preguntado demasiado poco.

Hoy es el tiempo de las preguntas. Y esto no es signo de debilidad, sino de madurez.

La democracia se alimenta del diálogo. Cuando las voces dejan de hablar entre sí, la sociedad se debilita. La Iglesia puede ayudar a redescubrir la escucha como una virtud que protege la convivencia.

Una Iglesia que escucha, aprende. Y una Iglesia que aprende, se vuelve creíble.

La cuestión social: una cuestión espiritual

En el fondo, la cuestión social no es económica, sino espiritual.

¿Qué imagen tenemos del ser humano? La Conferencia Episcopal Alemana afirma en Gemeinsame Verantwortung für eine gerechte Gesellschaft (1980): «La dignidad del ser humano nace de su condición de criatura. De esta dignidad derivan derechos, pero también deberes: la responsabilidad recíproca, la solidaridad con los débiles, la defensa de la vida en todas sus fases». Esto significa que la política social es teología. Es fe encarnada. Quien cree en Dios no puede ignorar al ser humano.

El papa León XIV lo expresó en un discurso (2025): «La justicia de la fe no consiste en tener razón, sino en crear relación». Este es el corazón de la doctrina social hoy: crear relación —entre ricos y pobres, entre el ser humano y la naturaleza, entre el cielo y la tierra—.

Conclusión: Europa necesita alma, verdad y escucha

La cuestión social sigue siendo la prueba decisiva del Evangelio.

Europa necesita una Iglesia que escuche, no que domine. Una Iglesia humilde, pero también valiente. Necesita cristianos que asuman responsabilidades, no para mandar, sino para unir.

Y necesita una democracia que no pierda su alma, que permanezca abierta al cielo, a Dios y al misterio del ser humano.

La Conferencia Episcopal Alemana lo afirma (2014): «Europa solo tendrá futuro si permanece consciente de sus raíces espirituales y reconoce en ellas el fundamento de su libertad». Por ello afirmo: una democracia sin Dios pierde la medida. Una Iglesia sin humildad pierde la credibilidad. Pero allí donde sabemos escuchar —a las personas, al Espíritu, a Dios— nace el futuro. Entonces la fe se convierte en responsabilidad, la responsabilidad en justicia, y la justicia en paz.

Ver, Questione sociale: prova della democrazia e del cuore della Chiesa

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