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La falta de vivienda, una fuente inesperada de abogacía

Newark 25.12.2019 Jpic-jp.org Traducido por: Jpic-jp.org

La abogacía consiste en la defensa de una causa noble, en la denuncia de la opresión y la injusticia. Sin embargo, también debería ser una fuente de inspiración para encontrar soluciones alternativas a las problemáticas sociales, políticas y económicas. Soluciones que aboguen por la inclusión y la igualdad en lugar de la exclusión o, lo que es peor, de los intereses financieros privados.

Primero, ¿Cuál es la realidad sobre los sin-vivienda en el mundo? Las estadísticas disponibles son inexactas y desactualizadas. Sin embargo, se estima que 100 millones de personas o más no tienen  vivienda en el mundo (ONU, ECOSOC, Comisión de Derechos Humanos). Esta cifra representa aproximadamente el 2% de la población mundial; sin embargo, los que carecen de una vivienda adecuada son el 20%, es decir 1.600 millones de personas (Ver Hábitat 2005). La División de Estadística de la ONU agrupa, entonces a las personas sin hogar en dos categorías: los que viven en las calles sin abrigo alguno y los que se deben pasar sin cesar de un alojamiento a otros, de un abrigo o refugio a otro, de una vivienda ajena a otra.

La falta de vivienda es tanto una causa como un efecto de una pobreza social y económica compleja y multifacética que se debe a la falta de asequibilidad de las viviendas, a sus aumentos de costos, a la privatización de los servicios públicos, a los conflictos y a la rápida urbanización. A una vivienda inadecuada o nula se acompaña un acceso inadecuado o nulo a los servicios básicos, como electricidad, programas estatales, transporte, educación, internet, agua corriente.

Se podría argumentar que resolver la falta de viviendas es muy costoso; por el contrario, un análisis más profundo muestra que sería de interés económico para los países resolver el problema. En los Estados Unidos de América, por ejemplo, cada persona que vive habitualmente sin hogar le cuesta al contribuyente unos $ 35,578 por año. Esto se reduce en un 49.5% cuando encuentran una vivienda aunque provisional. Un estudio de casos en Tshwane, una ciudad de Sudáfrica, prueba que la población sin hogar tiene un gran potencial económico. Emplear a estas personas reducirá los sin-vivienda y beneficiará a la economía del país.

La educación

Obviamente, acceder a la educación es difícil o imposible para quienes no tienen hogar. Al invertir en un sistema educativo inclusivo, los países pueden reducir los números de los sin-vivienda. Acabar con la falta de vivienda aumentaría el número de ciudadanos instruidos, y más instrucción significa más oportunidades económicas, sociales y políticas para los ciudadanos, lo que a su vez se traduce en beneficios económicos para todo el país.

La salud

Las personas sin hogar corren el riesgo de tener muchos problemas de salud, especialmente enfermedades infecciosas, poniendo en riesgo la seguridad de toda la sociedad. Algunas investigaciones sugieren incluso que la falta de vivienda puede conducir al desarrollo de enfermedades mentales. Los problemas de salud pueden tener efectos negativos tanto para los individuos como para las sociedades. Es interés de la salud pública abordar el problema de la falta de vivienda ahorrando dinero a la seguridad social.

La sociedad debería preocuparse por todos los derechos humanos que carecen las personas sin vivienda. El hambre, a menudo caracterizada por la desnutrición, puede tener efectos profundamente negativos en la salud, especialmente entre los niños. El hambre crónica materna e infantil conlleva el riesgo de una salud general más pobre, aumentando la ansiedad, la irritabilidad y la agresividad. Entre los niños, puede aumentar el desorden en el desarrollo, físico y emocional, y todo esto afecta los gastos de la salud social y puede perpetuar un ciclo de pobreza y falta de vivienda, que a su vez aumenta la violencia estructural, sexual y doméstica. El aumento de las tasas de violencia, por otro lado, ha demostrado ser un antecedente que provoca falta crónica de vivienda.

Un problema humanitario

La falta de vivienda es un problema social y humanitario. Los inviernos traen a las noticias la lista interminable de ancianos y pobres que mueren mientras duermen en la calle, por falta de alimentos y tratamiento de salud, mientras que la vida, la comida y la vivienda son derechos humanos básicos. En lugar de mirar a los sin-vivienda como un disturbo y una molestia social, ¿por qué los líderes de la sociedad no los ven como una oportunidad? Tal sugerencia, se puede argumentar, bordea el viejo sofisma, "las anchoas saladas provocan la sed, la sed empuja a beber lo que a su vez apaga la sed y, por lo tanto, las anchoas apagan la sed".

Sin embargo, los sin-vivienda no son un asunto teórico. La falta de vivienda pone en peligro la vida de personas vulnerables, en particular las mujeres y los niños. En Toronto, Canadá, las mujeres sin hogar de 18 a 44 años de edad tenían 10 veces más probabilidades de morir que la población femenina en general, según un informe de 2004. La investigación en Sudáfrica sugiere que las mujeres embarazadas sin-vivienda carecen de seguridad sanitaria, educación y conciencia y son más propensas a tener complicaciones de salud que conducen a dar a luz niños de bajo peso, a estadías hospitalarias más largas y a una mayor necesidad de cuidados intensivos neonatales. ¿Por qué las sociedades, por su propio interés económico, social y político, no evitan los problemas que se pueden prever, en lugar de reaccionar con violencia y represión cuando ocurren estos  calificándolos de “inesperados”?

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