Justicia, Paz, Integridad<br /> de la Creación
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Delante del límite

Verona 08.09.2025 Domenico Pompili Traducido por: Jpic-jp.org

Este es el título de la Carta pastoral 2025 de Mons. Domenico Pompili, obispo de Verona. «El límite no es una condena, sino una vocación», escribe el obispo, proponiendo una «pedagogía de la imperfección» que reconoce en la fragilidad la condición humana radical. Partiendo de las palabras iniciales de un famoso poema italiano —«Siempre me fue querida esta colina solitaria y este seto que excluye la mirada de gran parte del último horizonte»— afirma: «En una cultura que promete todo inmediatamente y que exige eficiencia a cualquier precio, hoy vivir sin censurar el límite es una obra casi revolucionaria».

Desde las colinas de Recanati, en una tarde de verano de 1819, un joven prodigioso, Giacomo Leopardi, se interrogaba sobre este misterio. ¿Cómo puede un obstáculo convertirse en apertura? ¿Cómo puede lo que limita volverse infinito? ¿Cómo puede una barrera abrir la mirada a la trascendencia? El poeta nos sugiere una respuesta, sentado como está en recogimiento frente a un seto. Ese seto le impide ver más allá, pero no es un muro mortificante. Es un umbral: el punto exacto donde lo real se abre a lo posible. Donde el ojo se detiene, la imaginación emprende el vuelo hacia «espacios interminables».

Cada uno de nosotros tiene sus propios «setos»: las dependencias que nos condicionan, los miedos que nos paralizan, las heridas que nos definen, los fracasos que nos aíslan, las crisis que nos limitan, las enfermedades que nos ralentizan, el envejecimiento que nos debilita. Pero si Leopardi tiene razón, estos mismos obstáculos pueden transformarse de muros en puertas, de barreras en umbrales.

El hecho de que el límite pueda ser atravesado no implica huir del presente. «Siempre querida», dice el poeta, son precisamente «esta colina solitaria» y «este seto»: estos, en su concreción singular, en su unicidad irrepetible. Solo que, en ese atravesamiento, aparece algo más. El mundo suspendido se vuelve de repente intenso. Al bordear el abismo del infinito, el corazón vacila, pero cuando el viento se deja sentir entre las frondas de los árboles, nace una contemplación más profunda. Ese murmullo de la naturaleza lleva consigo la misma eternidad. Es entonces cuando sucede el milagro del «dulce naufragio»: no la pérdida de sí que asusta, sino el abandono confiado a algo más grande.

El «dulce naufragio» leopardiano es un potente antídoto contra la cultura del rendimiento. En una sociedad que mide todo en términos de eficiencia y resultados, aprender el arte del naufragio se convierte en una competencia de supervivencia espiritual. No se trata de renunciar a los objetivos, sino de descubrir que el fracaso puede ser una forma de vida más profunda y más libre de lo inesencial.

En una cultura que promete todo inmediatamente y exige eficiencia a cualquier precio, este discurso no es en absoluto fácil. Por eso, hoy vivir sin censurar el límite es una obra casi revolucionaria. Tal vez nuestro problema no sea que tenemos demasiados límites, sino que ya no sabemos reconocer los que nos hacen bien. Hemos confundido la libertad con el campo totalmente abierto, olvidando lo que también enseña el arte: quien pinta necesita un lienzo, quien compone necesita escalas musicales, quien hace poesía necesita el ritmo de las palabras, quien danza necesita una coreografía. El descubrimiento leopardiano, por tanto, conlleva profundas implicaciones en el plano existencial.

Esta inquietud puede servirnos de brújula. Caminemos hacia un dulce naufragio en la inmensidad, en busca de una relación armónica —o al menos no dominante— con todas las cosas.

El límite, nuestra finitud, no es una condena, sino una vocación: solo aceptando ser limitados podemos abrirnos al infinito que habita en nosotros y que es plenamente compatible con la carne humana.

Para acceder a la carta completa: Lettera-pastorale-2025-Sul-limite.pdf o Lettera Pastorale - Sul Limite

 

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