Justicia, Paz, Integridad<br /> de la Creación
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La caricatura de la paz

http://www.settimananews.it 30.11.2025 Giuseppe Savagnone Traducido por: Jpic-jp.org

La tragedia de Palestina ha desaparecido casi por completo de las primeras páginas de los periódicos y de los informativos televisivos. Y también la opinión pública — que había expresado su indignación mediante manifestaciones de una magnitud no vista desde hacía muchos años — parece haberla dejado ya atrás. Efecto de la entrada en vigor del plan de paz con el que Donald Trump estuvo a punto de ganar el Premio Nobel y recibió, aun así, un elogio internacional incondicional, hasta ser comparado con Ciro el Grande, «instrumento de Dios» en la liberación de los judíos.

 

¿Todo está bien si termina bien? Las escenas triunfales de la firma del tratado, en Sharm el-Sheikh, ante más de veinte presidentes y primeros ministros de toda Europa y de los países árabes, adquirieron a los ojos del mundo el significado de una feliz conclusión del drama humanitario que había inquietado cada vez más las conciencias y puesto en aprietos a los gobiernos.

Incluso la gran mayoría de los analistas, que habían defendido tenazmente el derecho de Israel a defenderse, empezaban a sentirse incómodos ante los escenarios de masacres y devastaciones transmitidos en directo cada día (a menudo a costa de sus propias vidas) por los periodistas palestinos. También ellos pudieron, por tanto, suspirar aliviados, celebrando el plan de paz como la solución justa que cerraba por fin la cuestión, dando a cada uno lo que le correspondía.

Esta percepción fue confirmada por la aprobación, el pasado 17 de noviembre, por parte del Consejo de Seguridad de la ONU, de la resolución que, en la línea del plan Trump, confía durante dos años al presidente estadounidense el control de la Franja de Gaza a través de un organismo, el «Consejo de Paz», cuyos miembros serán elegidos directamente por el propio presidente.

El mérito atribuido de manera unánime al presidente de Estados Unidos fue el de haber puesto finalmente fin a un derramamiento de sangre que duraba desde hacía dos años. Muchos hablaron de un milagro, del que Trump habría sido el artífice con una propuesta de paz que nadie antes había intentado formular.

Algunas perplejidades a contracorriente

En este clima de beatificación del magnate, casi nadie se atrevió a señalar que este primado dependía del hecho de que la masacre en curso en Gaza estaba sostenida política y militarmente por Estados Unidos, y que por ello solo el presidente estadounidense estaba en condiciones de detener a Netanyahu. Por lo tanto, habría sido legítimo preguntarse por qué lo había hecho solo ahora, al precio de la vida de miles de inocentes.

Del mismo modo, casi nadie se planteó el problema de la solidez de una paz firmada por encima de la cabeza de un pueblo rigurosamente excluido de las negociaciones, incluso en su representación legítima, esa Autoridad Nacional Palestina que desde hace tiempo reconoce al Estado judío (sin reciprocidad). Porque — como se recordó en cambio ante el análogo plan de paz estadounidense para Ucrania — para que haya una paz verdadera no basta con que ponga fin a la guerra; es necesario que la paz sea justa.

Por esta razón, los mismos gobiernos y los mismos periodistas que habían acogido con entusiasmo el fin de las matanzas en Gaza sin hacerse otras preguntas, consideraron inaceptable la última propuesta de Trump sobre Ucrania, tanto porque no respetaba al pueblo ucraniano como porque no había sido acordada con sus representantes legítimos. Confirmando una vez más el doble rasero de la diplomacia occidental, y en particular de la europea, frente a estos dos conflictos.

Una ilusión óptica

Sigue siendo un hecho que la crisis de Gaza se da ahora por resuelta, aunque queden algunas cuestiones pendientes por resolver en la llamada «fase dos», y que la atención del mundo se concentra ahora exclusivamente en la ucraniana.

En realidad, estamos ante una de esas ilusiones ópticas que el aparato mediático, al servicio de intereses políticos precisos, es capaz de generar a nivel público. Aunque algunas voces aisladas se han alzado para desenmascararla. Como la de Lorenzo Kamel, profesor de Historia Internacional en la Universidad de Turín y profesor adjunto en la LUISS School of Government, quien, tras la resolución de la ONU, habló de «un gran día para Netanyahu, Hamás y Trump», y de «un mal día para la seguridad a largo plazo del Estado de Israel, para la autodeterminación palestina y, en general, también para las muchas personas decentes que hay en nuestro mundo».

Porque es cierto que con esta supuesta paz el número de muertos inocentes ha disminuido considerablemente. Pero esto se ha pagado con el cierre del telón sobre las condiciones desastrosas de un pueblo de más de dos millones de gazatíes, cuyas casas, hospitales y mezquitas han sido sistemáticamente arrasados por el ejército israelí, y que sigue dependiendo del arbitrio cambiante de sus opresores en lo que respecta a la apertura o no de los pasos por los que deberían llegar los suministros de alimentos.

Durante dos años fueron tratados como un rebaño de animales por Israel, que los deportó de un lugar a otro a su antojo, arrancándolos de los sitios donde vivían y privándolos de todo punto de referencia. Ahora están abandonados, todavía como animales, en el aterrador no-lugar en el que Gaza ha sido reducida.

La tragedia se ve ahora agravada por las condiciones meteorológicas y las inundaciones. Hombres, mujeres y niños chapotean en el barro, bajo tiendas improvisadas, en busca de algo que comer, con la esperanza de que Netanyahu decida reabrir los pasos. Y el invierno se acerca cada vez más.

De todo esto nadie responde. Un periodista italiano que se atrevió a preguntar en una conferencia de prensa si Israel no debía indemnizar los daños causados durante estos dos años fue despedido por la agencia de noticias para la que trabajaba. Lo ocurrido en estos dos años, de lo cual el desastre actual es el resultado, es ahora borrado, eliminado. El futuro radiante abierto por la paz oculta el desastre del presente.

Pero en realidad el futuro también es extremadamente incierto. Por culpa de Hamás, que se niega a entregar las armas, pero también porque la perspectiva del famoso Estado palestino — al que tanto el plan Trump como la resolución de la ONU aluden de forma muy vaga e hipotética — está firmemente excluida por el gobierno israelí, que precisa no estar dispuesto a ceder a ninguna presión en este punto. Como aclaró recientemente Netanyahu: «Nuestra oposición a un Estado palestino en cualquier territorio no ha cambiado. Gaza será desmilitarizada y Hamás desarmado, de la manera más fácil o de la más difícil. No necesito refuerzos, tuits ni sermones de nadie».

Y el comportamiento del ejército israelí, en estas semanas de «paz», sigue siendo el de una ocupación militar y confirma un estilo de violencia sistemática hacia un pueblo que no es tratado como un posible socio, sino como un vencido al que no se le reconoce ninguna dignidad humana.

El silencio sobre Cisjordania

Lo que hace aún más problemático el espejismo del futuro Estado palestino es la situación en Cisjordania, esa West Bank que según la resolución de la ONU de 1947 debería constituir, junto con Gaza, el territorio de dicho Estado.

Hace apenas unas semanas, el ministro de Finanzas israelí Bezalel Smotrich, que también es responsable de la administración civil en Cisjordania, aprobó un nuevo plan de asentamientos — el enésimo desde el giro producido tras la guerra de los Seis Días (1967) — que prevé la construcción de 3.400 unidades habitacionales para los colonos. Su realización, explicó Smotrich con satisfacción, «enterrará la idea de un Estado palestino». Y, coherentemente con esta lógica, en estas semanas se han multiplicado las violencias de los colonos: cortan los olivos de los palestinos, queman sus cosechas, demuelen sus granjas. Con el apoyo del ejército israelí, que aplica así la Ley Fundamental de 2018, que en uno de sus artículos afirma: «El Estado considera el desarrollo del asentamiento judío como un valor nacional y actuará para fomentar y promover su desarrollo y consolidación».

No es casualidad que el plan de paz de Trump no diga una palabra sobre el destino de Cisjordania, con la evidente intención de dejarlo a los actuales equilibrios de poder, absolutamente desequilibrados a favor de los israelíes. Aunque, por decencia, la Casa Blanca presionó para que se anulara la decisión con la que la Knéset, a finales de julio, aprobó por amplia mayoría una moción que sanciona la anexión de Cisjordania, moción también rechazada por el primer ministro Netanyahu, que desea dicha anexión, pero la considera inoportuna en este momento delicado.

Pero está claro para todos que es solo cuestión de tiempo.

¿Es esto realmente el bien de Israel? Ante el panorama que hemos delineado, no faltará, una vez más, quien grite antisemitismo.

Una acusación que resulta ridícula por el hecho de que, además de una autorizada comisión independiente de investigación de la ONU, muchas personalidades judías, como Anna Foa, y también israelíes, como David Grossman, han denunciado con fuerza los crímenes de Israel, calificándolos claramente como genocidio. Estar en contra de la política de Netanyahu y de su gobierno no significa estar en contra de los judíos; al contrario, testimonia estima y respeto hacia ellos.

Además, son los propios judíos israelíes quienes manifiestan su decepción por esta política, que al final está perjudicando ante todo al Estado judío. En el portal del judaísmo italiano Pagine ebraiche del 27 de noviembre pasado, aparece un artículo titulado: «Un cuarto de los israelíes piensa en dejar el país».

«La encuesta, realizada en abril de este año», dice el artículo, «muestra que el 26 % de los judíos y el 30 % de los árabes israelíes valora la posibilidad de emigrar». Y continúa: «El dato surge del informe anual del Israel Democracy Institute, que retrata un estado de ánimo generalizado (…). Las razones del malestar son el aumento del costo de la vida (…), seguido del temor por el futuro de los hijos y de la prolongada inestabilidad de la seguridad nacional». El fenómeno afecta sobre todo a los jóvenes.

La verdad es que esta guerra, desencadenada en nombre de un mesianismo fundamentalista que pretende hacer a Israel más seguro, ha generado un clima de violencia y de odio sin precedentes, creando las condiciones para una cadena de venganzas cuyo final no se puede prever. Sobre todo, ha desfigurado su rostro, a nivel internacional, pero también a los ojos de muchos judíos de la diáspora y de sus propios ciudadanos.

Y esta paz, que cubre las heridas, pero no quiere reconocerlas ni mucho menos curarlas, no es su superación, sino su prolongación permanente, a la que quien ama la paz verdadera no puede resignarse. Porque, como dijo recientemente el papa León en un discurso, «la paz nos pide, ante todo, tomar posición. Frente a las injusticias, las desigualdades, donde la dignidad humana es pisoteada, donde a los frágiles se les quita la palabra: tomar posición».

Si hay hoy una situación de injusticia y de desigualdad en la que la dignidad humana es pisoteada y a los frágiles se les quita la palabra, es la de los palestinos. Cerrar los ojos ante todo esto no promueve la paz, sino la caricatura de la paz.

Ver, La caricatura della pace

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Los comentarios de nuestros lectores (1)

Paul Attarfd 30.12.2025 I cannot see a Palestinian state consisting of 2 separate areas, Gaza & West Bank. The Palestinians need 1 area only. With “new” politicians. Not Mahmoud Abbas who is too old & corrupt. And no army either! Sur le fond, je partage complètement ce point de vue. Chaim Weitzman once said “history will judge us on how we treat the Arabs”. He’s right. God will surely judge them likewise.