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“El mal que aprende los buenos modales”

https://www.chiesadinapoli.it/ 10.07.2026 Don Mimmo Battaglia Traducido por: Jpic-jp.org

Don Mimmo Battaglia escribe a los poderosos de la tierra. El mal no siempre llega derribando una puerta, porque ha aprendido los buenos modales. Esto es lo que hiere en el gesto realizado en Ankara el 8 de julio de 2026: no solamente una pistola donada a los representantes de los países de la OTAN, sino la muerte transformada en cortesía.

A los poderosos de la tierra, ¡paz a vosotros!

El mal no siempre llega derribando una puerta.

A veces entra en silencio. Viste un traje elegante.

Sonríe ante las cámaras.

Es depositado en un estuche, acompañado de una nota, ofrecido con todos los honores.

Y durante unos instantes nadie reconoce ya el mal, porque ha aprendido los buenos modales.

Esto es lo que me hiere en el gesto realizado en Ankara: no solamente una pistola donada a los representantes de los países de la OTAN, sino la muerte transformada en cortesía. La posibilidad de quitar la vida convertida en suvenir, memoria oficial, objeto para exhibir.

Hemos domesticado las armas hasta el punto de poder regalarlas. Este es el verdadero escándalo.

Nos decís que se trata de un símbolo. Pero son precisamente los símbolos los que educan al mundo. Llegan antes que las leyes, penetran más profundamente que los discursos, enseñan silenciosamente aquello que una civilización considera normal.

Y ese regalo enseña que el poder debe reconocerse en el metal de una pistola. Que un hombre importante es un hombre armado. Que entre gobernantes pueden rendirse homenaje entregándose, con elegancia, la posibilidad de la muerte.

En el cañón fue grabado el nombre de quien recibía el arma.

Pero toda pistola lleva siempre un segundo nombre, invisible.

Es el nombre del hombre contra el cual podría ser apuntada.

El nombre de la mujer que podría quedarse sin marido.

El nombre del niño que podría esperar inútilmente el regreso de su padre.

El verdadero destinatario de un arma nunca es solamente quien la recibe. Es el cuerpo desconocido que un día podría encontrarse con su bala.

Por eso no puedo considerar ese gesto una simple excentricidad diplomática. Cuenta una idea del mundo. Un mundo en el que hemos aprendido a medir la seguridad contando las armas, sin preguntarnos ya cuánta cantidad de miedo hay que sembrar para custodiarla. Un mundo que llama equilibrio al terror recíproco y paz al intervalo durante el cual nadie ha disparado todavía.

Como cristiano, no puedo aceptarlo.

El Evangelio nos ha entregado otra imagen del poder.

Cristo, en la noche en que todo habría podido impulsarlo a defenderse, no puso un arma en las manos de sus discípulos. Se puso un paño alrededor de la cintura. Se arrodilló ante ellos y lavó unos pies cansados.

Por una parte, un arma ofrecida de pie, entre hombres poderosos.

Por otra, Dios arrodillado ante el hombre.

Son dos civilizaciones. Hay que elegir.

Nosotros, los cristianos, no somos ingenuos. Conocemos la violencia. La encontramos en los barrios abandonados, en las casas donde falta el pan, en los cuerpos de los migrantes, en los hijos devueltos a sus madres dentro de un ataúd. Sabemos que el mal existe. Precisamente por eso nos negamos a hacerlo elegante. Nos negamos a adornarlo, a pulirlo, a transformarlo en un signo de prestigio.

Un arma no se vuelve inocente porque es regalada.

No se vuelve muda porque no dispara. No se vuelve humana porque lleva grabado un nombre.

Os pido, pues, a vosotros, responsables de las naciones, que no conservéis ese regalo como un trofeo. No os limitéis a dejarlo en una habitación, lejos de las miradas, como si bastara con esconder un símbolo para borrar su significado.

Haced algo más difícil.

Rechazad la idea de que la muerte pueda ser una forma de homenaje.

Decid públicamente que ningún pacto entre los pueblos necesita reconocerse en una pistola. Decid que la dignidad de una nación no coincide con la cantidad de miedo que consigue producir. Decid que la seguridad no es el privilegio de quien puede disparar primero, sino el derecho de todos a no ser alcanzados.

Y en la próxima cumbre dejad una silla vacía.

No para un presidente, no para un general, no para un ministro.

Dejadla para el hombre sin nombre que siempre paga el precio de vuestras decisiones. Para aquel que no participa en las cumbres, no firma tratados, no aparece en las fotografías, pero termina bajo los escombros cuando la diplomacia fracasa.

Mirad esa silla antes de hablar de armas.

Quizá entonces comprenderéis que la paz no es una debilidad que haya que corregir, sino una responsabilidad ante la cual arrodillarse.

Porque el poder que no sabe arrodillarse ante la vida terminará siempre arrodillándose ante las armas.

Y ese día, por solemnes que sean las ceremonias, ya lo habremos perdido todo.

Véase, “El mal que aprende los buenos modales”

*don Mimmo Battaglia es el Arzobispo Metropolitano de Nápoles

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