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África entre exclusión y protagonismo

Rivista Africa 21.12.2025 Mario Giro Traducido por: Jpic-jp.org

Pekín mira hacia Asia, los Brics avanzan con dificultad y Occidente parece distraído. Si el continente africano corre el riesgo de quedar al margen de la nueva geopolítica mundial, el error de las grandes potencias consiste en creer que aún espera directrices. África, por el contrario, decide por sí misma: más autónoma, más consciente, más independiente.

¿Brics u Organización de Cooperación de Shanghái? Es la pregunta que muchos observadores se plantean al reflexionar sobre el futuro de África, tras el desfile de Pekín del pasado mes de septiembre. En el primer formato, el continente encuentra un espacio; en el segundo, queda excluido. Pero la cuestión central es otra: el eje geopolítico se está desplazando hacia Asia, escenario de confrontación con Estados Unidos, región de crecimiento económico más rápido y puente estratégico entre dos océanos, especialmente hacia el Pacífico.

Mientras tanto, los Brics avanzan con dificultad. Brasil y Sudáfrica, aunque críticos con Occidente, siguen vinculados a sistemas democráticos y a una cultura de los derechos que no coincide con las orientaciones autoritarias de Moscú y Pekín. El caso sudafricano es emblemático. El ANC ha arrastrado históricamente un sustrato ideológico radical, moderado por el liderazgo de Nelson Mandela y por la Comisión de la Verdad y la Reconciliación presidida por el arzobispo Desmond Tutu. Pero si, por un lado, Sudáfrica ha promovido el empoderamiento económico y el black business, por otro ha interiorizado las demandas globales en materia de derechos humanos y nuevas sensibilidades sociales, entrando a menudo en colisión con Moscú y Pekín. Pretoria sigue siendo, no obstante, la única verdadera potencia africana con proyección global, hasta el punto de suscitar tanto la hostilidad trumpista —con la acusación infundada de «genocidio blanco»— como la irritación rusa, dado que no puede ignorar los compromisos adquiridos con la Corte Penal Internacional, lo que obligó a Vladimir Putin a ausentarse de la última cumbre de los Brics celebrada en Pretoria.

En Asia, el escenario es más lineal: Moscú encuentra allí un terreno natural para su vocación «asiática», la alianza con Pekín se consolida y África corre el riesgo de deslizarse hacia los márgenes de la nueva arquitectura global, como ya ocurrió en su relación con Occidente. Expresiones como «Renacimiento africano» o «Soluciones africanas para problemas africanos» han tenido un eco simbólico, pero una aplicación práctica limitada. Ni Estados Unidos, ni Europa, ni China, ni Rusia parecen dispuestos a implicarse de manera decisiva en las crisis africanas. La guerra en Sudán es un ejemplo elocuente. De un lado se encuentran las Fuerzas Armadas Sudanesas (SAF), encabezadas por el general al-Burhan, presidente del país; del otro, las milicias altamente irregulares de las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) del ex janjaweed Hemetti. La comunidad internacional debería decidir a quién reconoce, pero prefiere no hacerlo. Los Emiratos Árabes Unidos, el general libio Haftar y Chad apoyan a Hemetti. Egipto debería respaldar a las SAF, pero mantiene una postura de equilibrio, al igual que Arabia Saudí. Nadie quiere intervenir para buscar soluciones a esta guerra, aunque todos tienen intereses que proteger. La Unión Europea ha anunciado que reconocerá a las SAF como gobierno de facto, un avance limitado. Las RSF denuncian haber sido excluidas de diversos formatos internacionales sobre la crisis, a pesar de contar con el apoyo emiratí. China permanece en segundo plano, pese a sus intereses estratégicos. Estados Unidos intentó, durante la presidencia de Biden, una triangulación con Riad, sin resultados concretos.

¿Y Italia? Algunos países africanos la perciben como un socio menos amenazante que las grandes potencias y más dispuesto al diálogo. En este contexto se inscribe el Plan Mattei, que pretende ayudar a África a transformar localmente sus materias primas, fomentando la industrialización y el valor añadido. Se trata de un objetivo a largo plazo, que requerirá décadas antes de producir efectos tangibles.

La realidad es que el mayor error de Occidente y de Asia consiste en creer que África sigue esperando instrucciones. En realidad, el continente avanza por sí mismo, como es justo: más independiente, más consciente, más autónomo. Ya no pide tutela ni paternalismo. Decide, elige, a veces se equivoca, pero son errores propios, no impuestos desde fuera. Es un hecho que el mundo debe aprender a aceptar.

Ver, L’Africa tra esclusione e protagonismo

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