Justicia, Paz, Integridad<br /> de la Creación
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Justicia y Pietas son pisoteadas, cuando Dios se transforma en Yo

La Stampa 15.04.2026 Vito Mancuso Traducido por: Jpic-jp.org

Un análisis sobre el enfrentamiento entre Donald Trump y el papa León XIV: la religión exhibe una inesperada fuerza geopolítica; parece que hemos regresado a la época premoderna.

La situación es increíble, al borde de la paradoja, quizá incluso del ridículo: en plena secularización, mientras que las personas, en su vida privada, no se preocupan en absoluto por los preceptos de la religión y cada uno se comporta según el único evangelio que reconoce, es decir, su propio deseo egoísta, las referencias a la religión en la política mundial se multiplican y se convierten en elementos fundamentales de la comunicación.

Hablo de la “comunicación” entendiendo por ella el taller del consenso, es decir, el verdadero motor de la política contemporánea, que se parece cada vez más a una empresa gobernada por la lógica del marketing, es decir, por lo que desean los compradores, y no por la lógica del producto, es decir, por aquello que deontológicamente es justo producir.

Precisamente allí, en la comunicación, la religión exhibe en estos días una inesperada fuerza geopolítica. Por momentos parece casi que hemos vuelto a la época premoderna, cuando la laicidad no existía y todo estaba determinado religiosamente. Por eso la polémica entre el Presidente de los Estados Unidos y el Romano Pontífice adquiere una relevancia que va más allá de la simple crónica.

De Donald Trump lo sabemos todo. Es la quintaesencia de la patología contemporánea: el narcisismo. Es el icono viviente de la nueva divinidad, es decir, el Dios al que se le ha caído la “D” y se ha transformado en el Yo (Io en italiano). Atención: la modernidad se emancipó de la prisión de la religiosidad tradicional precisamente en nombre del Yo, con el cogito cartesiano que destaca en el inolvidable Discurso del método de 1637, escrito en latín: “Cogito, ergo sum”, y antes aún en francés: “Je pense, donc je suis”. Y fueron también los derechos del Yo los que dieron vida a la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, que coronó la Revolución Francesa, así como a la luminosa filosofía de Immanuel Kant, que hace de la emancipación de la conciencia el sello de la mayoría de edad alcanzada por el género humano.

Y fueron siempre los derechos del Yo los que marcaron la campaña por los derechos civiles que caracterizó la mejor historia del siglo XX, comenzando por la Declaración Universal de los Derechos Humanos aprobada por la ONU el 10 de diciembre de 1948. Ninguna nostalgia, por tanto, de la época premoderna con aquella “D” que a menudo mortificaba al “yo” y a su libertad.

Pero algo salió mal. El Yo sin la D, que finalmente debía desembocar en la verdadera democracia y, en consecuencia, en la verdadera justicia, fue olvidando poco a poco la integridad de la tríada revolucionaria “Liberté, égalité, fraternité”, para afirmar únicamente una libertad voraz y supremamente egoísta que ha devorado sistemáticamente la igualdad y la fraternidad. Esto es, en su esencia más profunda, el capitalismo contemporáneo de impronta estadounidense: una libertad arbitraria que quiere dominar e instrumentalizar a los demás, ¡muy lejos de la fraternité!

Y esto es exactamente lo que Donald Trump personifica mejor que nadie.

Por este motivo lo han votado, no solo la primera, sino también la segunda vez: porque querrían ser como él, porque él es el profeta, quizá incluso el mesías que instaurará el mundo que todos desean: MAGA, “Make America Great Again”.

Por lo tanto, no está en juego sólo la política; también está la religión, entendiendo por religión aquello que habla al alma más profunda de un ser humano, es decir, la dimensión irracional que concierne a la pasión, el amor, el odio, el miedo, el deseo y la vitalidad. Por este motivo Trump ha instituido una Oficina de la Fe (Faith Office) en la Casa Blanca, se rodea de fervorosos hombres y mujeres de Iglesia que rezan por él y a su alrededor, e incluso se hace representar con los rasgos de Jesús. Y por la misma razón es inevitable que polemice con el Papa, en la medida en que este no se une, a su vez, a la fila de eclesiásticos en adoración.

El Papa León XIV, en efecto, lejos de secundarlo, ha pronunciado palabras inequívocas que no podían dejar de irritar al presidente estadounidense, exhortando a poner un límite a ese delirio de omnipotencia que a nuestro alrededor se vuelve cada vez más imprevisible y agresivo. El Papa no mencionó nombres, pero ¿quién no pensó inmediatamente en Trump?

En realidad, existen otros políticos que exhiben abiertamente un delirio de omnipotencia cada vez más agresivo; me refiero al jefe del gobierno israelí, Benjamin Netanyahu, y a sus ministros, en particular a la pareja de extremistas religiosos Itamar Ben-Gvir y Bezalel Smotrich. El papa León debe continuar en la misma línea de firmeza y recordar también al gobierno de Israel que “el santo Nombre de Dios, el Dios de la vida, no sea arrastrado a los discursos de muerte”. Y junto con él, e incluso más que él, deberían hacerlo los representantes religiosos del judaísmo italiano, que, por el contrario, callan y, al callar, aprueban la política racista y depredadora llevada a cabo por el actual gobierno de Israel. Tienen poco que ver con el valor de la profecía judía, que siempre supo oponerse al poder político cuando era necesario hacerlo, comenzando por el profeta Natán contra el rey David, por Elías contra Acab, y por Isaías contra Acaz.

Pero si la religión tiene un sentido, es exactamente el que recuerdan estas palabras del profeta Miqueas, también él representante del Israel santo que yo amo: “Hombre, se te ha enseñado lo que es bueno y lo que el Señor exige de ti: practicar la justicia, amar la piedad y caminar humildemente con tu Dios”.

Tres cosas, por tanto: justicia, pietas y humildad. Es decir, exactamente lo contrario de la política de Trump y Netanyahu. Es lo que, en cambio, el papa León está intentando promover, con su mansedumbre.

(vitomancuso.it – Por amable concesión del autor)

Ver, Vito Mancuso: Giustizia e Pietas calpestate, quando Dio si trasforma in Io

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