Se acerca una nueva Edad Media, en la que los aristócratas serán individuos estériles que complicarán enormemente la vida de quienes quieren vivirla como un compromiso cívico, con y para los demás, con y para los hijos y las hijas.
Cada época ha tenido sus principales clases sociales, aquellas de las que dependían la paz, las guerras, las riquezas, las pobrezas, los derechos y la felicidad. En la Edad Media eran los aristócratas y los siervos de la gleba; en la época de la Contrarreforma, los propietarios de tierras y los campesinos; después, en la sociedad industrial, los capitalistas y los proletarios. La jerarquía eclesiástica —papas, cardenales y obispos— formaba parte de la clase dominante, la rica y poderosa, mientras que los párrocos, frailes y religiosas se encontraban del otro lado. Siempre existieron también clases intermedias e importantes a nivel local (basta pensar en los mercaderes medievales de Venecia o Florencia, o en los artistas de esas mismas ciudades y de otras semejantes), pero los ejes sobre los que se desarrollaban las dinámicas sociales y económicas eran, por lo general, dos.
Con el nuevo milenio están surgiendo dos nuevas clases, transversales a las de las épocas anteriores y aparentemente muy distintas, pero que están determinando las dinámicas sociales y relacionales y, muy pronto, también las políticas y económicas. Sabemos igualmente que, en definitiva, los seres humanos somos muy parecidos en casi todos los aspectos —vicios, virtudes, fragilidades, bellezas…— y que estas distinciones siempre deben tomarse con la misma medida con la que se habla de la sal en una receta: «la necesaria», porque ninguna persona encaja jamás por completo en una categoría abstracta.
Una de estas «clases» está representada por aquellas personas que, en todo el mundo, viven la vida como un compromiso social, como una misión espiritual y ética. Se enamoran, luego forman una familia, con frecuencia se casan y, sobre todo, hacen todo lo posible por tener hijos; y, si no lo consiguen de manera natural, los adoptan, asumiendo también el riesgo que toda adopción lleva consigo, junto con toda su belleza. Es la comunidad global de los esposos, de las parejas de vida, de los padres y las madres, de los empresarios, de los cooperantes, de los misioneros: personas que deciden invertir sus mejores energías durante los años más hermosos de su existencia para crear algo con y para los demás.
Hace algún tiempo propuse la idea de introducir un nuevo anillo, semejante a la alianza matrimonial, para quienes son padres o madres, con el fin de poder reconocerlos por la calle, agradecerles y expresarles nuestra gratitud. Cuando veo a una persona con la alianza en el dedo, siempre siento un estremecimiento positivo de sentido cívico, que se duplicaría si viera también otro anillo, de un color diferente, que indicara que esa persona ha apostado su vida creando una nueva vida humana sobre la tierra, que ha dedicado su existencia a dos fidelidades semejantes y diferentes: a una persona, a unos niños y a un «para siempre».
Junto a esta «clase» existe otra. Es la clase, igualmente global, de quienes no se casan, no viven relaciones afectivas estables y públicas o que, aun casándose o viviendo en pareja, deciden deliberadamente no tener hijos. Las razones son muchas y no quiero someterlas a juicio. Algunos presentan estas decisiones revestidas de una «justificación ética»: «¿Cómo podría traer un hijo al mundo en un mundo tan terrible?».
Por lo general, este pueblo de solteros, o de parejas formadas por la suma de dos solteros, no ama los vínculos fuertes, especialmente cuando se trata de vínculos con otros seres humanos. En cambio, muchos de ellos viven con uno o varios animales, generalmente perros y gatos, a los que quieren mucho porque no poseen las características propias de los seres humanos: la libertad, los conflictos y la reciprocidad. Con frecuencia aman profundamente la naturaleza, llevan una vida saludable, cuidan mucho su salud, se preocupan intensamente por su forma física y temen el envejecimiento.
Suelen ser excelentes trabajadores y, más aún, excelentes trabajadoras, fiables y plenamente entregados a su empresa. Hacen brillantes carreras profesionales y con frecuencia terminan acumulando mucho dinero, que ni siquiera saben cómo gastar. Están mezclados con todos los demás y no son más antipáticos que la media. Sin embargo, son menos generosos y, por ello mismo, menos generativos; ambas palabras son casi sinónimas.
No obstante, pueden reconocerse por algunos indicadores. El primero es la ausencia de alegría profunda y de auténtico gozo de vivir, que se disimula con la diversión y con una alegría efímera alimentada por la adrenalina: excursiones, vacaciones, aperitivos y, quizá, un poco de droga de vez en cuando. No son felices; simplemente están alegres de manera pasajera, satisfechos con los placeres que pueden proporcionarles los perros, los gatos, las vacaciones y los viajes.
El segundo indicador es la ausencia de amistades profundas y verdaderas, sustituidas por conocidos y compañeros que, también en este caso, son pasajeros y requieren poca implicación, porque están ligados únicamente a una actividad concreta —unas vacaciones, la montaña, un restaurante…— y solo existen dentro de ese contexto, sin ninguna presencia en la vida cotidiana.
El tercer indicador es la enorme cantidad de tiempo dedicada al cuidado de uno mismo, que ocupa casi por completo el lugar del cuidado de los demás.
Si no cambia algo en nuestra cultura global, la que se expresa en las series de televisión, las películas, los programas de debate y las novelas, esta segunda clase de solteros y solteras se convertirá cada vez más en la clase dominante. Y, como toda clase dominante, impondrá a todos sus estilos de vida, sus reglas del juego y sus políticas fiscales y económicas.
Se acerca una nueva Edad Media, en la que los aristócratas serán individuos estériles que complicarán enormemente la vida de quienes quieren vivirla como un compromiso cívico, con y para los demás, con y para los hijos y las hijas.
(https://www.luiginobruni.it – Publicado por gentil concesión del autor.)
Véase: Il Medioevo che verrà
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