Justicia, Paz, Integridad<br /> de la Creación
Justicia, Paz, Integridad<br /> de la Creación
Justicia, Paz, Integridad<br /> de la Creación
Justicia, Paz, Integridad<br /> de la Creación
Justicia, Paz, Integridad<br /> de la Creación

«La inteligencia nos mantiene con vida»

La Stampa 19.03.2026 Vito Mancuso Traducido por: Jpic-jp.org

Existe una sola inteligencia, la inteligencia natural, de la cual procede la inteligencia artificial: esta es la tesis que sustenta nuestro congreso y que hago mía con plena convicción. Es lo que la humanidad, en sus cumbres espirituales, ha percibido desde la Antigüedad, designando esta única inteligencia, según las lenguas y las culturas, como Logos, Nous, Sophia, Dharma, Tao o Maat.

 

La inteligencia artificial, al igual que nosotros, funciona solo si tiene un corazón. No es cierto que nazcamos como una tabula rasa; somos sistemas de relaciones y de datos. Sin embargo, quisiera llamar la atención sobre dos puntos:

  • El desarrollo de la inteligencia artificial puede disminuir, desviar y alterar la inteligencia natural;
  • El uso de la inteligencia natural puede orientarse de manera altruista o egoísta.

¿Qué permite reconocer estos diferentes usos de la inteligencia? La propia inteligencia, desde luego, pero elevada a un nivel superior. Es precisamente en estos dos aspectos —el peligro de la inteligencia artificial y la profundidad de la inteligencia natural— donde deseo detenerme.

Sobre la base de la tesis según la cual existe una sola inteligencia, afirmo que decir «vida» y decir «inteligencia» es lo mismo. Todo ser vivo vive gestionando información: la adquiere y la procesa para responder a los dos imperativos biológicos que le impone la naturaleza —la nutrición y la reproducción— y lo hace gracias a una facultad interior llamada inteligencia. Cada uno de nosotros existe de este modo desde el primer día de vida, cuando instintivamente buscábamos el pecho materno; por ello puede decirse que cada uno de nosotros vive gracias a su inteligencia.

No somos en absoluto una tabula rasa, como algunos sostienen; por el contrario, somos un entramado incesante de conexiones e intercambios de información entre nuestras moléculas, nuestras células, nuestros órganos y nuestros sistemas, de modo que todo nuestro organismo constituye un procesamiento continuo de datos mediante la inteligencia —siendo esta, como enseña la etimología latina, una capacidad de relación—. Por eso sostengo que decir «vida» y decir «inteligencia» es exactamente lo mismo. Y esto vale para todos los seres vivos: allí donde hay vida, incluso en los microorganismos animales o vegetales más diminutos, la inteligencia está en acción.

Desde esta perspectiva, resulta claro que nuestra relación con la inteligencia artificial debe encontrar su criterio rector en el fortalecimiento de la inteligencia natural. Si las máquinas, con su extraordinaria capacidad de cálculo, se ponen al servicio de la inteligencia natural constitutiva gracias a la cual vivimos, son bienvenidas y deben ser fomentadas; si no, deben ser limitadas, evitadas e incluso combatidas. Pero ¿cuál es la realidad? ¿Cuál es y cuál será el efecto de las máquinas inteligentes sobre la inteligencia humana? Los expertos responden a esta cuestión de manera diversa y a menudo contradictoria.

¿En quién confiar? ¿Cómo elegir entre quienes afirman que la inteligencia artificial es el mayor recurso para el futuro —y que oponerse a ella es una necedad— y quienes sostienen exactamente lo contrario, señalándola como la mayor amenaza para nuestra humanidad? Lejos de disponer de certezas, solo puedo apoyarme en intuiciones. Me guía el criterio de los antiguos romanos: cui prodest, «¿a quién beneficia?», es decir, la evaluación de los intereses concretos de quien habla.

En otras palabras, si quienes denuncian los peligros de la inteligencia artificial no tienen ningún interés personal en hacerlo —y además proceden de ese mismo mundo, en el que podrían haber obtenido enormes beneficios, pero del que han preferido salir para preservar su libertad de expresión—, entonces me siento instintivamente inclinado a confiar en sus palabras. Por ello escucho con atención a figuras como Geoffrey Hinton, premio Nobel de Física en 2024 y antiguo desarrollador de inteligencia artificial en Google, quien dimitió precisamente para dar la voz de alarma. El 21 de mayo de 2025, en Berlín, declaró: «La inteligencia artificial es como un tigre. Cuando es todavía un cachorro, parece inofensiva, incluso fascinante. Pero crecerá. Y, a menos que estén seguros de que no querrá matarlos, deberían preocuparse». Hinton invita a la preocupación, y yo me preocupo.

Pero ¿por qué me preocupo? Esta es la segunda cuestión. Es decir: ¿qué me impulsa a ello? ¿Y por qué Hinton dejó Google? ¿Qué le llevó a hacerlo? ¿Por qué otros, como él, toman la palabra para proteger la libertad de los seres humanos?

Responder a esta pregunta implica algo muy importante, diría incluso decisivo: está en juego ese nivel superior de la inteligencia que llamamos «conciencia», más precisamente, la conciencia moral. Aquí nuestra inteligencia se eleva de grado: ya no es solo un instrumento para adquirir y procesar información con el fin de sostener la propia vida y aumentar el propio poder, sino que se convierte en una facultad que juzga la realidad según otro criterio: ya no el interés propio ni la selección natural, sino la justicia y el bien, el bien común.

Esto significa que mientras sigamos preocupándonos, aún hay esperanza de que nuestra naturaleza específica de seres libres y pensantes no se pierda.

Existe una sola inteligencia, pero su cumplimiento más alto no es el cálculo. En materia de cálculo, los antiguos egipcios fueron —y siguen siendo— inigualables, como lo demuestra la Gran Pirámide de Guiza, cuya construcción en una veintena de años sigue siendo tan enigmática que algunos han llegado a invocar la intervención de extraterrestres. Sin embargo, los egipcios no identificaban el criterio rector del ser humano con la capacidad de cálculo, sino con su capacidad de justicia, como enseña la escena del pesaje del corazón: el difunto se presentaba ante la balanza divina, donde su corazón era pesado frente a la pluma de Maat, la diosa de la justicia.

Existe una sola inteligencia, en efecto. Pero su sello se llama «corazón» y su aplicación más elevada «inteligencia del corazón». Si seguimos este criterio, la inteligencia artificial nunca podrá amenazarnos; al contrario, se convertirá en una aliada valiosa.

Deje un comentario