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La visita del papa León a África: una manera de entrar en la conversación global

UCA 24.04.2026 Antonio Spadaro Traducido por: Jpic-jp.org

El primer gran viaje apostólico del papa León XIV — once días, cuatro países, todo un continente como horizonte — fue mucho más que una peregrinación pastoral.

 

Un viaje nunca es un simple itinerario. Es una forma de hablar. Y el viaje del papa León XIV a África se lee como el movimiento inaugural de un pontificado que pretende dirigirse al mundo sin vacilaciones.

Lo que emerge no es una lista de temas, sino una visión única y coherente. En su centro se encuentra un rechazo: que la guerra pueda ser considerada un instrumento legítimo para resolver conflictos. Frente a esa premisa, León propone una idea más exigente de la paz: no simplemente la suspensión de la violencia, sino un tejido entrelazado de justicia, dignidad y perdón.

Se trata de una paz que desarma no solo los arsenales, sino también las imaginaciones, deshaciendo los nudos que la violencia no hace más que apretar.

A partir de ahí, su mirada se amplía para abarcar las fuerzas que configuran el orden global actual. El antiguo lenguaje de la dominación colonial no ha desaparecido; ha adoptado una nueva forma. Sobrevive en la extracción implacable de recursos, en sistemas económicos que convierten la desigualdad en beneficio, y en una carrera tecnológica que corre el riesgo de convertirse en una extensión del conflicto por otros medios.

África se sitúa en el centro de esta tensión, no como un terreno pasivo de explotación, sino como el lugar donde las contradicciones de la globalización se hacen más visibles.

En este contexto, el propio poder es puesto en cuestión. La tiranía y la corrupción no se tratan como simples fallas morales, sino como estructuras que generan miedo, tristeza y división, erosionando la posibilidad misma de la confianza.

León contrapone a ello un vocabulario a la vez simple y radical: relación, alegría, esperanza, solidaridad. No son palabras decorativas, sino fuerzas capaces de reconfigurar la vida pública.

La misma lógica se aplica en el ámbito internacional, donde la erosión del derecho da paso a la primacía de la fuerza. La insistencia del papa en reglas compartidas, responsabilidad y compromiso multilateral no es procedimental; es ética. Sin ello, incluso las tecnologías más avanzadas — entre ellas la inteligencia artificial — corren el riesgo de convertirse en instrumentos de dominación en lugar de herramientas para el florecimiento humano.

Sin embargo, el cambio más notable es un cambio de perspectiva. África no es tratada como un objeto de preocupación, sino como un sujeto portador de una sabiduría y una vitalidad que el llamado mundo dominante parece haber perdido en parte. La invitación no es ni retórica ni paternalista: es un llamado a no ceder, a no dejarse absorber por una uniformidad global aplanada.

Un año después de la muerte del papa Francisco, recordado con emoción durante el vuelo hacia Malabo, la continuidad es evidente. Pero también lo es el impulso hacia adelante. Las cuestiones sobre la mesa — inteligencia artificial militarizada, geopolítica de las tierras raras, inestabilidad climática, exclusión digital y creciente polarización — pertenecen inequívocamente al presente.

No fue simplemente un viaje. Fue un comienzo: una manera de entrar en la conversación global no desde los márgenes, sino desde un centro moral que se niega a ceder ante la lógica de lo inevitable.

Ver, Leo's Africa visit: A way to enter the global conversation

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