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África paga el precio de nuestros prejuicios. Y es un precio muy alto

Rivista Africa 10.05.2026 Marco Trovato Traducido por: Jpic-jp.org

El llamado «prejudice premium», la prima adicional derivada de los prejuicios, es decir, el coste económico generado por unas narrativas distorsionadas, resulta muy caro para África. Los inversores y los mercados perciben África como más arriesgada de lo que realmente es, influidos por imágenes recurrentes – guerras, pobreza, inestabilidad – que oscurecen los datos sobre crecimiento, innovación y solidez financiera.

África paga un precio altísimo por los estereotipos negativos. Según el informe The Cost of Media Stereotypes to Africa (2024), elaborado por Africa No Filter y Africa Practice, el continente pierde hasta 4.200 millones de dólares al año. Es la llamada prejudice premium: la prima adicional derivada de los prejuicios, el coste económico generado por unas narrativas distorsionadas. Los inversores y los mercados perciben África como más arriesgada de lo que realmente es, influidos por imágenes recurrentes – guerras, pobreza, inestabilidad – que oscurecen los datos sobre crecimiento, innovación y solidez financiera. El resultado son unos tipos de interés más elevados en los mercados mundiales. Los actuales sistemas de calificación, ampliamente criticados y gestionados por agencias internacionales, se ven a menudo influidos por percepciones poco fundamentadas (en respuesta, la Unión Africana se prepara para poner en marcha su propia agencia, capaz de ofrecer evaluaciones más ajustadas a la realidad). Como consecuencia, los Estados africanos gastan cada año miles de millones más en el servicio de su deuda que países con características económicas similares, pero con una imagen pública más equilibrada y más acorde con la realidad de los hechos.

No se trata, por supuesto, de ocultar o minimizar los problemas que atenazan al continente, sino de evitar un relato permanentemente sombrío y totalizador que termina por ocultar todo lo demás, es decir, las muchas cosas positivas que están sucediendo. Los números hablan claro: una cobertura mediática más negativa puede aumentar hasta un 10 % el coste del capital; una mejora del 10 % en la percepción puede reducir los tipos en un 1 %. Dicho de otro modo: miles de millones que se evaporan. Recursos que podrían financiar la educación de 12 millones de niños, garantizar 73 millones de vacunaciones o llevar agua potable a dos tercios de la población de Nigeria.

La pregunta se vuelve inevitable: si nuestros estereotipos cuestan vidas humanas, ¿qué podemos hacer para cambiar las cosas? Los medios de comunicación – y, por tanto, nosotros, los periodistas – desempeñan un papel decisivo. Con frecuencia se cuenta África únicamente a través de las crisis y los conflictos, imponiendo una visión parcial como representación dominante. De ahí nace un imaginario simplificado que alimenta la distancia y la desconfianza y produce efectos económicos concretos. La cuestión no es edulcorar la realidad, sino equilibrarla, salir de una narrativa monocorde, fruto a veces de la ignorancia y otras de decisiones comunicativas conscientes.

También ocurre con cierta comunicación humanitaria, que busca golpear directamente en el estómago: niños con la mirada apagada, cuerpos marcados, pueblos convertidos en escenarios de la desesperación. El dolor se convierte en lenguaje, incluso en producto. Son demasiadas las organizaciones que compiten por suscitar emoción, recurriendo a lo que se ha denominado «pornografía del dolor»: una narrativa que selecciona y amplifica el sufrimiento para provocar reacciones inmediatas – donar, compartir, sentirse implicado-. El problema no es mostrar la necesidad, sino reducir a pueblos enteros a iconos de la miseria, convertir África en un decorado sin historia ni dignidad. Esta representación no es neutral: construye un mundo dividido entre quienes sufren y quienes salvan. Una narrativa tranquilizadora para quien dona, pero profundamente distorsionada. Borra la complejidad, oculta las responsabilidades globales y, sobre todo, niega a los africanos el protagonismo, relegándolos siempre al papel de víctimas. Ya no son individuos, sino instrumentos narrativos.

Y, sin embargo, la realidad es diferente: comunidades que resisten, sociedades civiles que innovan, activistas que luchan y profesionales que construyen soluciones. Contarla exige rigor y menos atajos emocionales; quizá genere menos donaciones inmediatas, pero es una comunicación más honesta. La pregunta sigue siendo incómoda: ¿hasta qué punto es legítimo utilizar el dolor al servicio de una causa justa? ¿Y qué precio pagamos cuando nos acostumbramos a consumir el sufrimiento ajeno como palanca emocional? Tal vez haya llegado el momento de cambiar nuestra mirada. No dejar de ayudar, sino hacerlo sin humillar. No renunciar a la solidaridad, sino exigir una narrativa que reconozca la dignidad y la complejidad. Contar mal la realidad de África no es solo un error: tiene un coste. Y ese coste se mide en vidas humanas.

Véase: L’Africa paga il costo dei nostri pregiudizi. Ed è salatissimo

 

 

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