Dos tendencias divergentes —la visión intransigente de Putin sobre cómo llevar adelante la guerra en Ucrania y un deseo creciente de cambio en Rusia— podrían acabar desgarrando el régimen.
La guerra de Rusia contra Ucrania está entrando en una nueva fase. Esto no significa que la situación vaya a cambiar de la noche a la mañana, pero las posibilidades de una escalada y de una extensión del conflicto son cada vez mayores.
El cambio más significativo se ha producido en la posición política interna del presidente ruso, Vladímir Putin. Las esperanzas de que Putin hiciera concesiones ante la acumulación de problemas han resultado infundadas. En cambio, la situación se parece cada vez más a la de un perno agarrotado: aplicar más fuerza no hará que el mecanismo vuelva a funcionar, sino que aumentará la tensión sobre toda la estructura que lo rodea. En otras palabras, las presiones internas no harán cambiar de opinión a Putin; únicamente aumentarán las posibilidades de que aparezcan grietas en el conjunto del sistema.
Una de las grietas que han aparecido recientemente —probablemente la más profunda en muchos años— es la entrevista concedida por el multimillonario Andrey Melnichenko a The Economist, junto con el ensayo que la acompañó. Por primera vez desde la detención del magnate petrolero Mijaíl Jodorkovski en 2003, un representante de la comunidad empresarial rusa ha expuesto públicamente una visión política sobre el futuro de Rusia, y esa visión no incluía ni la guerra, ni la hostilidad hacia Occidente, ni el autoritarismo. Melnichenko lo hizo de la manera más peligrosa posible para el régimen: con la aprobación de Putin.
Melnichenko parece haber conseguido presentarse ante el Kremlin no como un adversario del sistema, sino como alguien capaz de contribuir a la consecución de sus objetivos. El dirigente ruso había sido informado de antemano sobre los artículos de The Economist, pero aparentemente subestimó su importancia.
En algunos aspectos, la situación actual recuerda a la que precedió a la rebelión de 2023 encabezada por Yevgueni Prigozhin. El jefe del grupo mercenario Wagner era bien conocido por Putin y había actuado en interés del presidente. Pero Putin ignoró reiteradamente la creciente indignación dentro de Wagner, hasta que esta terminó desembocando en una rebelión.
Ahora, la actitud desdeñosa de Putin hacia las grandes empresas parece haberle llevado a considerar que las actividades de Melnichenko tenían una importancia marginal y eran, en gran medida, irrelevantes para la actual confrontación geopolítica de Rusia con Occidente. Sin embargo, la entrevista y el ensayo de Melnichenko en The Economist —al igual que otros acontecimientos ocurridos este año— son síntomas de cambios tectónicos dentro de Rusia: las élites empiezan a comprender que el gato ya no consigue atrapar a los ratones.
Para la clase dirigente rusa, el principal problema no es que la guerra en Ucrania lleve ya cuatro años y medio, sino la brecha entre los costes humanos y económicos de los combates y los objetivos perseguidos por el Kremlin. Es difícil encontrar entre las élites a alguien que crea que será posible convertir a Ucrania en un país «amigo», o siquiera que semejante resultado sea necesario. Hasta hace poco, las discusiones se centraban en cómo quedarse con los frutos de la guerra —como los territorios ocupados, la imposición de la neutralidad a Kyiv o las limitaciones al tamaño del ejército ucraniano—. Ahora, el foco se ha desplazado hacia cómo minimizar los daños colosales que se están infligiendo en la búsqueda de una mera apariencia de victoria.
Si antes las élites estaban convencidas de que Rusia no podía ser derrotada por Ucrania y que sería capaz de prolongar la guerra durante mucho tiempo, simplemente por inercia, ahora están cada vez más alarmadas por la incapacidad del sistema para hacer frente a la acumulación de problemas. La cuestión fundamental es la sensación de que el liderazgo ruso ha perdido el contacto con la realidad: la obsesión de Putin por someter a Ucrania ha hecho mucho más difícil gobernar eficazmente el país.
Esta dinámica es cada vez más evidente entre los burócratas rusos, las fuerzas de seguridad —que ven en ella una especie de carta blanca para actuar con impunidad— y la comunidad empresarial. La fe ciega de Putin en el patriotismo de las élites y en la paciencia del pueblo ruso le ha llevado a gobernar el país como si estuviera plenamente movilizado para la guerra. Sin embargo, las instituciones del Estado siguen funcionando como en régimen de tiempo de paz y las élites dirigentes no se han acomodado completamente en el silencio.
Como resultado, en la Rusia actual se enfrentan dos tendencias divergentes que podrían acabar desgarrando el régimen. La primera es la visión de Putin sobre la guerra, en la que una escalada genera otra escalada, las fuerzas de seguridad amplían sus atribuciones, el Gobierno adapta su funcionamiento a las necesidades de la guerra y unos recursos cada vez más escasos se desvían hacia el esfuerzo bélico. Esta lógica presupone que el régimen optará, por defecto, por la radicalización, por imponer exigencias cada vez mayores y por ampliar el ámbito geográfico del conflicto.
La segunda es una creciente demanda de cambio: de una evaluación más realista de las capacidades geopolíticas de Rusia, de una toma de decisiones internas más competente y de objetivos bélicos más alcanzables. Es difícil prever exactamente cómo evolucionará esta demanda, pero existen indicios de que incluso algunos actores favorables al Kremlin la comparten. Precisamente por eso este sentimiento resulta peligroso para el régimen: no es ni contrario a la guerra ni contrario a Putin.
Sin un impulso serio para iniciar negociaciones de paz sustanciales, estas dos tendencias estarán cada vez más enfrentadas. Y ambas se verán aceleradas por la continuidad del statu quo: una guerra de desgaste sin avances tangibles, nuevas sanciones occidentales, falta de recursos financieros para el desarrollo y la intromisión de iniciativas gubernamentales absurdas en la vida cotidiana. Nada de esto hará más probable un alto el fuego en Ucrania. Al contrario, sin un cambio político interno en Rusia —algo que parece una perspectiva lejana—, los combates están destinados a prolongarse durante años y las negociaciones de paz están condenadas al fracaso.
Aunque probablemente veremos intentos de impulsar cambios dentro de Rusia, estos corren el riesgo de naufragar ante nuevas oleadas de represión y un endurecimiento aún mayor del régimen. Mucho dependerá de Occidente, cuyo supuesto carácter de «Occidente hostil» es utilizado por los halcones del régimen para defender una escalada.
Por el momento, el régimen no se enfrenta a una implosión inminente. Simplemente se encuentra ante un punto de inflexión político. ¿Tomará el camino de la escalada y la radicalización, o aquel que conduzca a un proceso de reestructuración interna y a un mundo posterior a Putin?
Véase: Russia Is Approaching a Political Crossroads
* Tatiana Stanovaya, investigadora principal del Carnegie Russia Eurasia Center.
Foto. © Getty
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