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Sistema financiero global y eternas desigualdades

valori.it 08.01.2026 Antonio Piemontese Traducido por: Jpic-jp.org

Ha salido la tercera edición del “WorldInequalityReport”, la mayor base de datos sobre la evolución histórica de las desigualdades. El “WorldInequalityReport” confirma que las naciones más expuestas al cambio climático son aquellas que menos han contribuido a generarlo. El sistema financiero global está diseñado para perpetuar las desigualdades.

Cerca de doscientos euros, en paridad de poder adquisitivo, es lo que, de media, se gasta en la educación de un niño en el África subsahariana cada doce meses. En Europa, los euros son unos 7.400; en Estados Unidos y Oceanía, unos nueve mil. Una brecha de 1 a 40, aproximadamente tres veces la que se encuentra en la renta per cápita.

Ha salido la tercera edición del WorldInequalityReport, tras las dos primeras de 2018 y 2022, y este es solo uno de los datos que expone. El estudio está redactado por un grupo de doscientos investigadores procedentes de todo el mundo y afiliados al WorldInequalityLab, un laboratorio de ideas internacional fundado por diversos sujetos y con sede en la Paris School of Economics. Juntos han contribuido a crear la mayor base de datos de la evolución histórica de las desigualdades. Leerlo, y extraerlo del ruido de fondo, es importante para entender qué perspectivas tenemos.

Crisis climática y concentración de riqueza

El informe, de libre consulta y descarga, contiene otras interesantes consideraciones. Tomemos el clima. La crisis climática es inseparable de la concentración de riqueza. «Siempre se pone el foco en las emisiones asociadas al consumo», escriben los estudiosos, «pero nuevos estudios han revelado que quienes poseen el capital desempeñan un papel clave en la desigualdad de las emisiones». En otras palabras, culpar a quienes eligen —y a menudo lo hacen porque están expuestos a la publicidad y a la influencia de los medios sin tener herramientas críticas— es demasiado fácil. Y, tal vez, también un intento deliberado de desviar la atención. Mirando a los dueños del poder económico, el cuadro cambia decisivamente.

«El 10% de los individuos más ricos —se lee— representa el 77% de las emisiones globales asociadas a la posesión de capitales privados, subrayando cómo la crisis climática es inseparable de la concentración de riqueza». La mitad más pobre de la población mundial solo llega al 3%. No solo eso: el 1% en la cima de la clasificación de los más acaudalados cuenta, por sí solo, con el 41% de las emisiones. Casi la mitad. Para quienes entienden de rendición de cuentas, los datos citados se refieren a las emisiones Scope 1 (las directas) atribuibles a empresas y activos propiedad de individuos.

El tema, dado que producir bienes y servicios tiene costes en términos ambientales y climáticos independientemente de quién sea el empresario, es que una cosa es si los beneficios van a muchos, y otra si quienes los disfrutan son pocos. Estos individuos particularmente hábiles (o afortunados, o ambas cosas) deben, por tanto, ser llamados a responder por ello. Una visión, objetará alguien, casi marxista. Y seguramente hay algo de verdad. Pero Marx era principalmente un economista.

Crisis climática y desigualdades sociales

Ni siquiera ante la crisis climática somos todos iguales. Para comprender mejor, es útil mirar el consumo porque la fotografía es muy diferente. Tomemos, por ejemplo, el dato sobre las emisiones de gases de efecto invernadero del 1% de la población que más consume. En este caso, llegan al 15% del total, un tercio respecto a la otra tabla. Está bastante claro cómo mirar las cosas desde esta óptica puede, mediante un juego de prestigio, aligerar una parte consistente de la carga de responsabilidad. Pero no solo eso.

Quienes emiten menos, es decir, las poblaciones de los países más pobres, coinciden a menudo con quienes son más vulnerables a los choques climáticos. Mientras que quienes emiten más (y a menudo residen en los países ricos) disponen también de mayores recursos para realizar lo necesario para las adaptaciones fundamentales para protegerse. Y, por tanto, para evitar las consecuencias más nefastas del cambio climático. «Una distribución desigual del riesgo», para decirlo con el informe.

Reformar el sistema financiero para desactivar las causas de las desigualdades

¿Qué hacer, entonces? Resolver la situación, advierten los estudiosos, «requiere un realineamiento específico de las estructuras financieras y de inversión que alimentan tanto las emisiones como las desigualdades». Porque «la desigualdad está profundamente arraigada en el sistema financiero global» que la genera «sistemáticamente».

Una de las claves es la demanda (legítima y comprensible, por lo demás) de inversiones seguras. Los países que emiten monedas de reserva pueden pedir dinero prestado a tasas menores, prestarlo a tasas mayores y atraer mayores cuotas de ahorro. Lo contrario, especularmente, vale para los países más pobres, para los cuales la deuda es costosa, los préstamos rinden poco y se crea —en definitiva— un flujo de salida continuo.

Ciertamente, respecto a principios de los años setenta, cuando el dólar era prácticamente hegemónico, el papel del euro ha ganado ligeramente tracción, junto a otras monedas occidentales como el franco suizo (muy por debajo, en cualquier caso). Ha habido una ampliación, innegable. Pero el sistema sigue siendo extremadamente occidental. Esto explica el malcontento generalizado en la mayoría global, como se llama ahora al antiguo Global South. Vale la pena recordar que incluye a gigantes como China. El informe es claro: «Los países privilegiados se enfrentan a costes menores por sus pasivos no por dinámicas de mercado, sino por diseño político».

La demanda (definida como «persistente») de activos seguros como los bonos estadounidenses y europeos, reforzada por las reservas de los bancos centrales, por los estándares regulatorios como Basilea III y por el papel de los juicios de las agencias de calificación, blinda de hecho esta ventaja ad aeternum. «El resultado es que los países ricos piden dinero prestado de forma más conveniente y lo invierten en activos de alto rendimiento en el extranjero, acabando por vivir de rentas a expensas de las naciones más pobres». Y, al igual que a nivel individual, también entre Estados, si aumentan las rentas, disminuye la movilidad económica.

Las desigualdades son una elección política

«Las desigualdades son una elección política», concluyen los estudiosos. «Es el resultado de nuestras políticas, instituciones y estructuras de gobierno». Los costes, se afirma, son claros: desde los sociales hasta la fragilidad de las democracias, pasando por los climáticos. Pero también son claras las herramientas para reducirlas: «Donde la redistribución es fuerte, la tributación es justa y se priorizan las inversiones sociales, la desigualdad se reduce». La economía —oikos, nomos, el arte del gobierno de la casa, por así decirlo— es importante: pero la política lo es todavía más.

Ver, Il sistema finanziario globale è progettato per rendere eterne le disuguaglianze

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