Iftar, la comida que rompe el ayuno durante el Ramadán, preparada en Casa Acmos, en Turín, un lugar que desde hace más de veinte años abre sus puertas a jóvenes que desean compartir la sobriedad en el consumo, la acogida, el enfoque no violento de los conflictos y la formación permanente.
Éramos en 1942 y 1943 cuando Simone Weil, en plena tragedia de la guerra y poco antes de perder la vida, dedicaba todas sus energías a pensar una asamblea constituyente para Europa. Un año antes, Altiero Spinelli y los demás antifascistas confinados en Ventotene imaginaban su Manifiesto, al que todavía los italianos siguen mirando.
¿Por qué volver a estos ejemplos, tan conocidos? Porque en ambos hay algo que hoy parece haberse perdido: la capacidad de pensar el futuro mientras el presente se derrumba. No después, no cuando todo haya terminado, sino dentro de la crisis, dentro de la herida de la historia. Es una lucidez que no consuela. No promete regresos. Sabe, más bien, que nada de lo que venga podrá ser simplemente una restauración de lo que fue.
Y, sin embargo, incluso hoy, cuando aparecen señales que parecen resquebrajar equilibrios considerados intocables, la tentación sigue siendo conformarse. Interpretar cada cambio como una posible vuelta a la normalidad. Como si bastara con que algo termine para que todo pueda recomenzar como antes. Tal vez esa sea la forma más sutil de renuncia: la nostalgia. Confiar en el pasado para defenderse de la inquietud del presente. Imaginar que la historia puede rebobinarse, que las democracias pueden simplemente ser restauradas, que las categorías de ayer todavía bastan para leer el mundo. Pero lo que Weil y Spinelli habían comprendido es exactamente lo contrario: el “después” no existe si no se piensa a partir de lo que está ocurriendo. No se sale indemne de una fractura histórica. Se la atraviesa y, desde allí, se intenta imaginar.
Por eso, hoy el problema no es solamente político, en el sentido más restringido del término. Es más profundo: concierne a nuestra incapacidad de sustraernos a un presente que se impone como el único horizonte posible. Una suerte de presentismo que sofoca la imaginación y reduce la política a la gestión de lo existente.
Y, sin embargo, es precisamente aquí donde se abre una pregunta decisiva: ¿quién está llamado a pensar, —y a construir— el futuro? Si permanecemos dentro de la idea de que la política es solo lo que sucede en las instituciones, en los partidos o en los liderazgos, entonces la respuesta siempre será delegada. Alguien deberá hacerlo en nuestro lugar. Pero quizá sea justamente ese el límite que debemos superar. Porque el futuro no nace primero en los programas, sino en las prácticas. No toma forma solamente en las decisiones oficiales, sino en las maneras en que vivimos, trabajamos, enseñamos y construimos relaciones. Se vislumbra cada vez que la participación rompe la pasividad. No como un gesto repentino, sino como el resultado de un trabajo lento, a menudo invisible.
Incluso los referéndums, cuando realmente suceden, no nacen de improviso. Son el desenlace de una trama de rechazos dispersos en el tiempo y el espacio: muchos “no” que toman forma en los territorios, en las experiencias cotidianas, en los conflictos locales, en las palabras que circulan y resisten. Es allí donde algo comienza a moverse. Cuando lo que parecía fragmentado encuentra un punto de convergencia. Cuando una suma de voces aisladas se convierte, por un momento, en una voz colectiva. Pero precisamente por eso el referéndum no es un punto de llegada. Es un tránsito. Porque sin ese trabajo extendido, la política oficial permanece vacía. Sigue siendo una forma sin vida, un lenguaje sin experiencia, una promesa sin arraigo. Por el contrario, cuando en los territorios se multiplican las prácticas democráticas participativas, cuando las personas vuelven a ejercer una responsabilidad compartida, entonces incluso aquello que parecía impensable puede suceder. Es en esos momentos cuando un “No King” puede emerger, no como una explosión repentina, sino como la revelación de algo que ya estaba en marcha. Un rechazo que se ha construido con el tiempo, hasta hacerse visible, hasta encontrar la fuerza para nombrarse.
Y quizá sea precisamente aquí donde podamos volver a Weil, a Spinelli y a María Zambrano. Porque lo que los une no es solo la capacidad de imaginar el futuro en medio de la crisis, sino también la manera en que ese imaginar nunca está separado de la vida. En Weil es una atención radical a la realidad, hasta convertirse en responsabilidad. En Spinelli es un proyecto que nace incluso en las condiciones más extremas y que no renuncia a incidir en la historia. En Zambrano es una razón que no se encierra en la técnica ni en el cálculo, sino que se deja atravesar por la experiencia, volviéndose capaz de generar sentido. Tres maneras distintas de decir lo mismo: el futuro no se espera, no se delega, no se hereda. Se piensa, sí. Pero, sobre todo, se empieza a vivir. Y siempre comienza aquí.
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