En Pascua, la tradición cristiana recuerda que Cristo, en su misericordia, descendió a los infiernos para sacar de allí a Adán y Eva, símbolos de la humanidad perdida. Este gesto es una victoria sobre la muerte y también la restauración de la esperanza. Podemos imaginar que Adán y Eva llevaron consigo fuera del paraíso algo que el pecado no había logrado destruir: la capacidad de sonreír. La sonrisa de Pascua es esa sonrisa salvada, esa sonrisa frágil pero victoriosa, que la humanidad sigue llevando como memoria de la alegría perdida y promesa de un futuro reencontrado.
Si yo tuviera que pedirle a Dios un don, un don único, un don celestial, le pediría, creo que sin vacilar, que me concediera el arte supremo de la sonrisa. Es lo que más envidio en algunas personas. Me parece la más bella de las expresiones humanas.
Hay, lo sé, sonrisas mentirosas, irónicas, despreciativas y hasta esas que en el teatro romántico se llamaban «risas sardónicas». Son sonrisas de las que Shakespeare decía en una de sus comedias que «se puede matar con una sonrisa». No hablo de esas sonrisas. Es triste que también la sonrisa pueda pudrirse. Pero no vale la pena detenerse a hablar de podredumbres.
Hablo más bien de esas sonrisas que brotan de un alma iluminada, de esas que son como la cresta de un relámpago en la noche, de lo que se siente al ver correr un corzo, o de lo que produce en el oído el rumor del agua de una fuente en un bosque solitario, la sonrisa que milagrosamente aparece en el rostro de un niño de ocho meses y que algunos hombres —¡muy pocos! — logran conservar durante toda su vida.
Me parece que esa sonrisa es una de las pocas cosas que Adán y Eva lograron sacar del paraíso cuando fueron expulsados de él y por eso, cuando uno ve un rostro que sabe sonreír, tiene la impresión de volver durante unos segundos al paraíso. Rosales lo dice maravillosamente cuando escribe que «es verdad que uno puede perderse en una sonrisa como en un bosque y es verdad que, tal vez, se pueden vivir años y años sin regresar de una sonrisa».
Por eso es tan fácil enamorarse de las personas que tienen una buena sonrisa. ¡Y qué felices son los que tienen cerca un ser querido en cuyo rostro aparece con frecuencia ese maravilloso resplandor!
Pero la gran pregunta es, me parece, cómo se llega a sonreír. ¿Es un puro regalo del cielo? ¿O se construye como una casa? Supongo que es una mezcla de ambas cosas, pero con predominio de la segunda. Una persona bella, un rostro limpio y puro, está ya en buen camino para lograr una sonrisa resplandeciente. Pero todos conocemos también ancianos y mujeres viejas con sonrisas extraordinarias. Por eso diría que una hermosa sonrisa es más un arte que una herencia, algo que hay que construir, paciente, laboriosamente.
¿Con qué? Con equilibrio interior, con paz en el alma, con un amor sin fronteras. Las personas que aman mucho sonríen fácilmente. Porque la sonrisa es, ante todo, una gran fidelidad interior a uno mismo. Una persona amarga no sabrá nunca sonreír. Menos aún una persona orgullosa.
Un arte que debe practicarse obstinada y constantemente. No aprender a hacer muecas delante de un espejo, porque el fruto de ese tipo de ensayo es la máscara y no la sonrisa. Aprender en la vida, dejar que la alegría interior ilumine todo lo que nos ocurre cada día e imponer a cada una de nuestras palabras la obligación de no llegar a los labios sin haberse bañado primero en la sonrisa, lo mismo que por la mañana obligamos a los niños a lavarse antes de salir de casa.
Todo puede decirse. No hay verdades prohibidas. Lo que debería estar prohibido es decir la verdad con amargura, con deseo de herir. Cuando una sola de nuestras frases molesta a los demás, no es porque ellos sean egoístas o no quieran oír la verdad, sino porque no hemos sabido decirla, porque no hemos tenido suficiente amor para pensar siete veces cómo vamos a decir esa agria verdad. Habría que hacerlo como pensamos la manera de decir a un amigo que su madre ha muerto. La receta de poner unas gotas de humor sonriente en todos nuestros cócteles de palabras suele ser infalible.
Y es que en cada sonrisa hay algo de la transparencia de Dios, de la gran paz. Por eso me atrevo a hablar de la sonrisa como de un sacramento. Porque es el signo visible de que nuestra alma está abierta de par en par (De Martin Descalzo - El Sacramento de la Sonrisa).
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