Justicia, Paz, Integridad<br /> de la Creación
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La verdad tiene múltiples facetas

Butembo 10.05.2026 Jpic-jp.org Traducido por: Jpic-jp.org

En la era de la posverdad, donde las percepciones pesan más que los hechos y la información circula de forma fragmentada, la sabiduría popular nos invita a buscar la verdad de manera colectiva, con humildad y escucha mutua, partiendo de los relatos. Este cuento ofrece una clave de lectura sorprendentemente actual. Como ocurre con las noticias falsas, cada cual corre el riesgo de aferrarse solo a una parte de la realidad y defenderla como absoluta.

Abramos bien los oídos y la inteligencia al cuento del árbol de mwelele (especie de Ficus sycomorus) y de los ciegos en busca de un elefante, porque resulta verdaderamente extraordinario: dos pequeños pájaros, seis ciegos y un elefante nos muestran cómo hay personas que tienen ojos para ver, pero cuyo corazón permanece ciego.

Hace mucho tiempo, en un árbol de mwelele, vivían dos pequeños pájaros. No eran ciegos de vista, en absoluto. Pero estaban tan llenos de orgullo que, en su mente, habían comenzado también a cerrar los ojos. Uno de ellos, posado en la rama más alta, gorjeaba y un día exclamó alegremente: «¡Mira qué hermosas son estas hojas, de un verde brillante!». El otro, situado un poco más abajo en una rama bifurcada, respondió con irritación: «¿Pero acaso tienes ojos? ¡Estas hojas son blancas! ¡Necesitas gafas!».

El que estaba arriba rió con soberbia: «¡El ciego eres tú! ¡Las hojas son completamente verdes!». Las palabras encendieron los ánimos y la ira creció entre ambos contendientes: ¿quién tenía razón? Finalmente, el de abajo dijo con tono alterado: «¡Te desafío! Baja a ver. Si tienes razón, te daré las plumas de mi cola. ¡A ti, que no entiendes nada!».

La cólera erizaba las plumas de sus cuellos cuando el de arriba descendió rápidamente, aceptando el desafío. Cuando se encontraron frente a frente, antes de llegar a las manos, miraron hacia arriba las fatídicas hojas, objeto de la disputa, para convencerse de su razón. Entonces, el que había bajado se sorprendió: «¡Oh! Pero es verdad… ¡las hojas son blancas!». Luego dijo al otro: «Ahora sube tú donde yo estaba». Subieron a la rama más alta y, mirando hacia abajo, dijeron al unísono: «¡Oh! Pero desde aquí sí que son verdes».

Se miraron, rieron y se reconciliaron. Comprendieron que cada uno poseía solo una parte de la verdad. Como dice un proverbio: «Si quieres comprender a una persona, convive con ella». Y también: «No juzgues a alguien antes de haber caminado al menos una milla con sus zapatos».

Pero el relato no termina aquí, porque los seres humanos a menudo se comportan como esos dos pajarillos. Al otro lado de la sabana, no lejos de aquel árbol de mwelele, seis ciegos discutían sobre qué era un elefante. Hablaban deprisa, sin entenderse. Finalmente, se dijeron: «Llegar tarde no significa no llegar. ¡No permanezcamos en la ignorancia! ¡Vayamos a descubrir qué es un elefante!».

Tras un largo deambular, oyeron el barrito de un elefante y se acercaron con cautela. El primero tropezó y cayó contra el costado del animal; pasó la mano por él y exclamó: «¡Oh! ¡El elefante es como la pared de una casa!».

El segundo se encontró con un colmillo y replicó: «¡No! ¡El elefante es como una lanza!». El tercero, que había agarrado la trompa, gritó molesto: «¿Pero qué decís? ¡El elefante se parece a una serpiente!».

«¡Estáis todos equivocados!», exclamó el cuarto, aferrado a una pata del animal. «¡El elefante es como el tronco de un árbol!».

El quinto, el más alto de todos, rodeando al elefante, chocó con una de sus grandes orejas: «No, insensatos, este animal es como un abanico».

El sexto, que se había acercado con cautela, encontró la cola y exclamó satisfecho: «¡Ah! ¡El elefante no es más que una cuerda!».

De regreso, comenzaron a discutir, defendiendo cada uno su propia opinión, nacida —según afirmaba cada cual— «de su propia experiencia». Todos expresaban su verdad, pero una verdad incompleta. Por eso el proverbio afirma: «La verdad es como un elefante: no se puede ver en su totalidad con los ojos de un ciego».

Jóvenes, esos dos pájaros y esos ciegos nos enseñan lo mismo: quien solo ve una parte no debe enorgullecerse como si lo hubiera visto todo. Como decía un sabio griego: «El comienzo del conocimiento es saber que no se sabe», porque «quien pregunta, aprende; quien cree saber y no pregunta, permanece en la oscuridad». Es verdaderamente sabio quien reconoce que no lo sabe todo, porque el conocimiento auténtico comienza cuando una persona admite su propia ignorancia.

Queridos jóvenes, no seáis orgullosos por lo poco que sabéis. El mundo es tan rico que cada uno lleva en sí una parte de verdad, pero también de ceguera. Escuchémonos, aprendamos unos de otros y seamos humildes. El sol de hoy, ni siquiera él, conoce todo lo que ocurrirá mañana.

Esos dos pájaros y esos ciegos nos enseñan que cada uno solo puede ver una parte de la verdad y que lo que consideramos verdadero no siempre coincide con la realidad. Sin juzgar precipitadamente ni presumir de lo que sabemos, esforcémonos por comprender el punto de vista de los demás. Los dos pájaros discutían porque, al encontrarse en posiciones distintas en el árbol, veían de manera diferente; al intercambiar sus lugares, comprendieron la verdad del otro y se reconciliaron. Del mismo modo, los ciegos discutían porque cada uno, al haber experimentado una parte distinta del elefante, creía poseer toda la verdad.

Así es la vida: la verdad tiene múltiples facetas. No discutamos apresuradamente; más bien, escuchemos, cambiemos de perspectiva y aceptemos que no lo sabemos todo: así nos acercaremos a la verdadera sabiduría.

 

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