No son solamente las fuentes franciscanas las que cuentan esta historia, sino también las crónicas de los cruzados escritas directamente desde el frente. Incluso los compañeros de armas de aquella época tuvieron que dejar constancia de lo extraordinario de aquel episodio: el encuentro entre Francisco de Asís y al-Malik al-Kamil en Damieta, Egipto.
Dos historias, dos fes que se encuentran, se hablan y no se demonizan. Se separan con respeto, y el sultán ofrece unos regalos. Entre ellos, aquel cuerno de marfil que todavía hoy se conserva en la basílica de Asís: un instrumento nacido para la caza o para llamar a la oración, convertido en símbolo de una tregua real.
Érase una vez san Francisco
Recordar este relato en tiempos como los nuestros es un acto de resistencia civil y espiritual. Porque, de manera soterrada, crece el desprecio por el otro y por su fe, alimentado por los algoritmos, la ignorancia y el cinismo político. Vivimos en la era de una polarización exacerbada, en la que la identidad se construye por sustracción: yo existo en la medida en que destruyo, menosprecio o demonizo a ti. El diferente ya no es un misterio por descubrir ni alguien con quien confrontarse, sino un blanco cómodo sobre el que proyectar nuestros miedos colectivos. Una amenaza de la que protegernos cercándola con alambradas, reales o mentales.
En un escenario alimentado, por desgracia, también por muchos que se profesan cristianos, lo que ocurrió en Damieta en 1219 deja de ser un capítulo desvaído de la historia medieval y se convierte en un manifiesto geopolítico de gran actualidad.
Alrededor de aquella tienda resonaba el ruido de la Quinta Cruzada, convocada por Inocencio III para golpear al poder musulmán en Egipto y utilizarlo como moneda de cambio para recuperar Jerusalén: la sangre, el fanatismo ideológico, los cálculos de poder, el derecho de la fuerza. Fuera se gritaba “guerra santa” desde ambas orillas del Mediterráneo.
Pero dentro de aquella tienda, Francisco y al-Malik al-Kamil realizaron el único milagro verdaderamente posible en tiempos de guerra: se miraron a los ojos sin la mediación del prejuicio. Ninguno de los dos cedió ni un milímetro en su propia fe. No hubo espacio para un sincretismo débil o meramente aparente. Francisco siguió siendo el loco de Dios, el cristiano radical; el sultán siguió siendo el firme defensor del islam. Y, sin embargo, descubrieron que la fidelidad a las propias raíces no cava necesariamente trincheras, sino que puede tender puentes. Hablaron no a pesar de sus fes, sino a través de ellas, reconociendo en el otro el mismo deseo de lo Absoluto. El cuerno de marfil conservado en Asís es el vestigio arqueológico de una paz olvidada. Ese regalo dice que el encuentro deja siempre una huella, transforma el futuro, desarma las manos.
Érase una vez. Hoy, ya no
Hoy, mientras el desprecio insidioso amenaza con anestesiar nuestras conciencias, necesitamos desesperadamente recuperar el valor de Damieta.
El valor de atravesar las líneas enemigas, no para conquistar o convertir por la fuerza, sino para abrir espacio a la escucha.
Porque la alternativa al diálogo no es la victoria de una civilización sobre otra, sino la ruina común y definitiva de nuestra humanidad.
Ver, El otro. Y el diálogo para seguir siendo humanos
Deje un comentario