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Cómo El Obeid sobrevive a los drones y a la guerra

New Humanitarian 29.04.2026 Mohamed Ahmed Traducido por: Jpic-jp.org

«No somos una organización; somos simplemente personas que intentan ayudarse unas a otras». Nota de la redacción: Este análisis de Mohamed Ahmed se basa en entrevistas realizadas a distancia con voluntarios, comerciantes y líderes comunitarios. Residente de El Obeid y actualmente desplazado en Kampala, el autor también se apoya en sus llamadas telefónicas regulares con familiares y amigos.

En una mañana aparentemente ordinaria en El Obeid, Azza al-Amin amasa pan en la estrecha cocina de su casa mientras, a lo lejos, resuena el zumbido amenazante de un dron. Ella continúa trabajando. Cientos de personas dependen de ella.

Muy cerca, Mohammed Khaled conduce un tuk-tuk cargado con sacos de sorgo, atravesando El Obeid de un extremo a otro. Sabe que el trayecto podría terminar bajo las balas, pero detenerse significaría dejar a decenas de familias sin alimento.

En las afueras de la ciudad, Ahmed Abdelrahman, camionero, observa en silencio el camino de tierra frente a él mientras se prepara para abandonar El Obeid. No sabe qué le espera más allá del primer kilómetro, pero su misión de conseguir suministros es demasiado importante como para renunciar a ella.

Ciudad estratégica que conecta la región de Darfur, controlada al oeste por las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), con las zonas dominadas por el ejército al este, El Obeid ha sido uno de los principales focos de tensión durante los tres años de guerra civil sudanesa, un conflicto que ha provocado la mayor crisis humanitaria del mundo.

Sede de una importante base militar, la ciudad ha visto cómo sus habitantes soportaban ataques con drones y un prolongado asedio impuesto por las RSF, el grupo paramilitar convertido en movimiento rebelde, al tiempo que acogían a más de un millón de desplazados que viven en campamentos o con familias anfitrionas.

Sin embargo, lejos de rendirse, la población ha revitalizado antiguas tradiciones de solidaridad comunitaria y ha reinventado numerosos aspectos de la vida cotidiana para sobrevivir a la ofensiva.

En toda la ciudad, familias anfitrionas han abierto sus puertas a los desplazados; redes religiosas y grupos de voluntarios han organizado cocinas comunitarias; mientras pequeñas clínicas y puntos sanitarios gestionados por la propia comunidad han suplido, en parte, el colapso del sistema de salud.

Una nueva producción alimentaria local — liderada en gran medida por mujeres — ha surgido para aliviar la escasez, mientras conductores y transportistas han arriesgado sus vidas para introducir mercancías utilizando rutas secundarias que atraviesan aldeas remotas y bosques con el fin de evitar los controles armados.

«Transportamos la vida de las familias, no solamente mercancías», afirma Mohammed al-Hassan, de 48 años, uno de los numerosos transportistas que utilizan automóviles, tuk-tuks, carros tirados por burros y, en ocasiones, incluso sus propias espaldas para mover productos. Dice considerar este trabajo «un deber más que un negocio».

Los esfuerzos de los habitantes de El Obeid — descritos a The New Humanitarian durante entrevistas telefónicas — reflejan una historia mucho más amplia de solidaridad local visible en todos los estados y ciudades de Sudán durante los últimos tres años.

No obstante, los residentes subrayan que esta resiliencia sigue siendo extremadamente frágil, sostenida por un esfuerzo humano agotado y por una resistencia que se consume con el tiempo. Como resume al-Amin: «Podemos resistir hoy… pero ¿mañana? Solo si Dios es generoso.»

«Somos simplemente personas que intentan ayudarse unas a otras»

El Obeid se encuentra en la región de Kordofán, convertida el año pasado en el epicentro de la guerra sudanesa después de que las RSF fueran expulsadas de Jartum y de otras regiones centrales del país. El grupo se replegó hacia su bastión occidental, convirtiendo Kordofán en la nueva línea del frente.

Aunque el ejército sudanés (las Fuerzas Armadas Sudanesas, FAS) logró romper el asedio impuesto por las RSF el año pasado, los rebeldes continúan presentes al norte — a lo largo de la carretera que conecta El Obeid con Jartum — y al oeste, a menos de una hora de la ciudad, que no está ni completamente aislada ni verdaderamente segura.

El centro urbano controlado por las FAS se ha convertido en una base esencial para la gestión de las operaciones militares en la región, transformando El Obeid en una auténtica guarnición a cielo abierto, con fuerzas regulares y milicias aliadas desplegadas en múltiples posiciones.

La presencia de las FAS ha llevado a las RSF a intensificar los ataques con drones alrededor de la ciudad, golpeando mercados, subestaciones eléctricas, instalaciones sanitarias y barrios residenciales, causando numerosas víctimas civiles y perturbando repetidamente los servicios esenciales.

Al mismo tiempo, la expansión de El Obeid — que pasó de ser una ciudad mediana antes de la guerra a convertirse en un epicentro del desplazamiento forzado — ha ejercido una enorme presión sobre los servicios sanitarios, alimentarios y educativos, mientras barrios y campamentos de desplazados terminaban fusionándose en un mismo espacio urbano.

En este contexto, la respuesta humanitaria ha evolucionado: de una serie de actos ocasionales de solidaridad movilizados en momentos de necesidad, se ha transformado en un verdadero sistema cotidiano de supervivencia administrado directamente por los propios habitantes.

Con la ayuda internacional en declive y un apoyo estatal limitado, los residentes afirman que estas redes de solidaridad multinivel constituyen ahora la principal línea de defensa frente al hambre y el colapso social.

Especialmente activos son los miembros locales de las Emergency Response Rooms (ERR), una red descentralizada de grupos de ayuda mutua de barrio surgida en todo Sudán.

Las ERR representan una nueva forma de gestión comunitaria de las crisis en El Obeid: coordinan distribuciones de alimentos, orientan a los pacientes hacia personal sanitario y conectan entre sí las cocinas comunitarias.

Voluntaria de las ERR, al-Amin explica que su trabajo consiste en conectar los escasos recursos disponibles en los barrios con un inmenso mapa de necesidades: desde hogares saturados que albergan a varias familias hasta campamentos de desplazados situados en las afueras de la ciudad.

Recibiendo un flujo constante de llamadas de auxilio, las ERR operan mediante oficinas y comités informalmente organizados, sostenidos por donaciones fluctuantes procedentes de residentes dentro y fuera del país, así como de organizaciones humanitarias internacionales.

«No somos una organización; somos simplemente personas que intentan ayudarse unas a otras», declaró al-Amin a The New Humanitarian. «Si recibimos una petición de ayuda desde un barrio o un campamento cercano, intentamos responder inmediatamente, si tenemos los medios para hacerlo».

Las cocinas comunitarias

Junto a las ERR funcionan las cocinas comunitarias locales — las takaya — dedicadas específicamente a preparar y distribuir diariamente comidas calientes para las personas necesitadas.

Las takaya tienen profundas raíces en Sudán y, tradicionalmente, servían para acoger a viajeros, estudiantes y personas pobres, ofreciendo comida, refugio y espacios de encuentro espiritual.

Hoy, estas cocinas — financiadas mediante remesas de la diáspora o pequeñas colectas locales diarias — representan una herramienta fundamental de redistribución alimentaria en una ciudad que ha perdido gran parte de sus ingresos.

Desde una cocina del barrio de al-Wahda, en el oeste de El Obeid, Noon Hamed, de 25 años, explica que pasa gran parte de su jornada frente al fuego removiendo enormes ollas, esperando que la comida alcance para todos.

«A veces preparamos comida para un número determinado de personas, pero de repente llegan muchas más», cuenta Hamed. «No podemos rechazar a nadie, aunque vengan de otro barrio». Tras una breve pausa, añade: «Lo repartimos todo, aunque no sea suficiente».

En Tayba, un barrio del noreste de la ciudad, Mohammed Adam, de 28 años y organizador de una takaya, explica que comienza su jornada antes del amanecer, desplazándose entre el mercado local, los puntos de producción alimentaria y los lugares donde se reúnen los desplazados.

«Hay personas que llegan desde los campamentos sin absolutamente nada», afirma. «Intentamos llegar hasta ellas tanto como podemos. El problema no es solo que las cantidades sean insuficientes, sino también la continuidad, especialmente con el aumento de los precios y la inestabilidad de las donaciones y de la financiación».

Producción local

Más allá de la ayuda mutua, la población de El Obeid ha respondido al colapso de una economía formal drásticamente reducida construyendo un sistema más informal y menos dependiente de las importaciones procedentes de ciudades vecinas.

El ejemplo más visible es la transformación de los hogares en pequeñas unidades de producción, ya que muchas empresas han cerrado o funcionan a capacidad limitada debido a las dificultades y al elevado coste de introducir mercancías en El Obeid.

Los hogares producen frecuentemente bienes esenciales como pan y jabón, en lugar de comprar productos terminados. Después, estos bienes se distribuyen localmente a través de redes de confianza y no mediante el sistema formal de mercado.

Las mujeres constituyen la columna vertebral de este sistema, tanto por su papel tradicional en la gestión de los recursos domésticos y alimenticios como porque muchos hombres están ausentes debido al desplazamiento o a su participación en el conflicto.

Dado que desplazarse por la ciudad se ha vuelto peligroso y costoso, los productos se distribuyen principalmente en mercados de barrio y no en el mercado central. Esto ayuda a responder al aumento de la demanda y a evitar impuestos considerados excesivos.

En un estrecho callejón del barrio de al-Salam, Umm Hamed, de 55 años, comienza su jornada antes del amanecer preparando kisra, un pan plano fermentado. A su alrededor, otras mujeres trabajan en perfecta coordinación: conversan, ríen y comparten tareas.

«Antes cocinaba para mi familia y algunos vecinos. Ahora cocinamos para personas que ni siquiera conocemos — pero sabemos que lo necesitan, así que bajamos los precios», explica Hamed a The New Humanitarian.

En el barrio de al-Wahda, Nour El-Din Saleh, de 20 años, afirma haber convertido también su casa en un pequeño negocio alimentario: «Algunos días comenzamos sin saber cuándo terminaremos — pero la gente está esperando», dice. «Esta casa se convirtió en una especie de estación: todo el que pasa deja o se lleva algo».

El economista Haitham Fathi describe este sistema como una «economía de supervivencia» surgida ante la ausencia de estructuras estatales y de cadenas formales de suministro económico. Según él, estas iniciativas locales no pueden sustituir el sistema económico existente antes de la guerra.

Las rutas de la supervivencia

No todos los bienes se producen localmente. Los mercados, las cocinas y las clínicas siguen dependiendo de suministros procedentes del exterior de la ciudad, lo que obliga a camioneros y residentes a emprender viajes extremadamente peligrosos.

Cuando la ciudad estaba sometida a un asedio total de las RSF, los habitantes recurrieron a antiguos caminos rurales para conseguir lo que necesitaban. Senderos que no aparecen en los mapas, pero que sobreviven en la memoria de transportistas, agricultores y aldeanos.

Los conductores describen cada trayecto como una cadena de breves paradas: niños indicando desvíos, agricultores abriendo pasos entre los campos y habitantes compartiendo información de seguridad y noticias sobre los movimientos de los puestos de control.

Hoy, aunque el levantamiento parcial del asedio por parte de las FAS ha hecho más accesibles algunas carreteras oficiales, grandes comerciantes y transportistas siguen recurriendo con frecuencia a las rutas rurales para evitar impuestos elevados, retrasos en los controles militares y ataques de drones de las RSF.

Estas rutas rurales también implican riesgos propios: un neumático pinchado por espinas al borde del camino, un puesto de control clandestino de las RSF o la carrera contra una inflación descontrolada que puede volver inútil el dinero antes incluso de que el conductor regrese.

Aun así, como resume el veterano transportista al-Hassan a The New Humanitarian: «¿Qué otra opción tenemos? Nos enfrentamos a amenazas diarias, pero detenernos significaría que nuestras familias morirían de hambre».

Véase: How Sudan’s El Obeid survives drone strikes and siege warfare

Foto: Una cocina comunitaria en el barrio de Al-Radeef, en El Obeid, donde los residentes han soportado ataques con drones de las RSF y la guerra de asedio durante los tres años de conflicto en Sudán (Abdel Fattah Makki Al-Daw/TNH).

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