Justicia, Paz, Integridad<br /> de la Creación
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La guerra moderna sin limites

https://labarcaeilmare.it 16.04.2026 Daniele Rocchetti Traducido por: Jpic-jp.org

Hubo un tiempo en que se hablaba de «guerra justa» y se enumeraban las razones por las que una guerra podía considerarse verdaderamente justa. Hoy resulta imposible establecer esas condiciones y la guerra no es más que una destrucción sin medida.

He dedicado varios años, y celebrado numerosos encuentros, a explicar hasta qué punto resultaba ineficaz seguir hablando de «guerra justa» después de las bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki. He escrito extensamente sobre el párrafo 67 de Pacem in Terris y sobre la expresión alienum a ratione, con la que el papa Juan XXIII afirma de manera inequívoca que, en la era nuclear, la guerra ya no es compatible con la razón moral y política, porque sus efectos destructivos superan cualquier posibilidad de control proporcionado o de discriminación entre objetivos.

Y, sin embargo, al contemplar lo que sucede en este tiempo de desorden mundial, a veces pienso que no estaría de más recuperar algunas intuiciones vinculadas a la «guerra justa». Se trata de un concepto antiguo, ya esbozado por Cicerón y desarrollado por san Ambrosio y san Agustín, quienes, en un mundo cristianizado, trataron de reconciliar el Evangelio con la realidad de la guerra, antes de ser sistematizado en la Edad Media por santo Tomás de Aquino, que definió sus criterios fundamentales.

Las razones para considerar justa una guerra ya no existen

La doctrina de la guerra justa nació como un dique de contención, no como una justificación. Era un intento, quizá ingenuo, pero necesario, de imponer límites morales a la violencia organizada. Establecía condiciones rigurosas: una causa justa, una autoridad legítima, el recurso a la guerra como último medio y el principio de proporcionalidad. No suponía una autorización para hacer la guerra, sino una barrera contra sus abusos. Hoy esa barrera ha sido demolida, pieza por pieza.

Las guerras contemporáneas rara vez cumplen siquiera uno de esos criterios. La «causa justa» se ha convertido en un eslogan elástico, moldeado según las conveniencias geopolíticas. La defensa se transforma fácilmente en ataque preventivo y la seguridad en expansión de la influencia. El lenguaje moral sigue existiendo, pero ha sido vaciado de contenido: sirve más para legitimar que para limitar.

La autoridad legítima constituye otro mito en decadencia. Decisiones que en otro tiempo habrían requerido un amplio consenso son hoy adoptadas por reducidos círculos de poder, con frecuencia sin un verdadero control democrático. Las guerras comienzan sin declaraciones formales, sin responsabilidades claramente definidas, en una zona gris donde toda obligación acaba diluyéndose.

Más grave aún es la desaparición del principio del último recurso. La diplomacia se ha convertido en un trámite formal y ya no en un esfuerzo auténtico por evitar el conflicto. Las negociaciones son a menudo simples simulaciones, instrumentos para ganar tiempo o consolidar consensos internos, mientras la opción militar permanece siempre sobre la mesa, preparada y, en muchos casos, ya planificada.

Y luego está el principio de proporcionalidad, reducido hoy a una expresión vacía. Las tecnologías modernas permiten una destrucción extremadamente precisa, pero la precisión no equivale a la justicia. Regiones enteras son devastadas en nombre de objetivos limitados. Los daños colaterales son previstos, aceptados y contabilizados. No evitados.

El principio de distinción entre civiles y combatientes es quizá el más abiertamente traicionado. Las guerras actuales se libran en las ciudades, entre la población, y los civiles se convierten inevitablemente en objetivos. No por error, sino por la propia estructura del conflicto. Cuando todo se transforma en campo de batalla, nadie está realmente protegido.

Los límites morales han sido abandonados

La verdad es aún más incómoda: los límites morales no han sido superados, sino abandonados. No porque hayan quedado obsoletos, sino porque resultan incómodos. Limitan la acción, exigen responsabilidades y reclaman coherencia. Y la coherencia es la primera sacrificada en la guerra moderna.

Se sigue hablando de valores, derechos y justicia. Pero esas palabras ya no frenan nada. Funcionan como cobertura, no como guía. La distancia entre lo que se dice y lo que realmente se hace nunca había sido tan grande.

La doctrina de la guerra justa, con todas sus limitaciones, tenía al menos el mérito de reconocer que la guerra es un mal que debe ser contenido. Hoy, por el contrario, la guerra se gestiona, se administra y se normaliza. Ya no se percibe como una excepción extrema, sino como un instrumento más de la política de los conflictos. De manera brutal, incluso se llega a considerarla una solución posible —y cada vez más inevitable— para las tensiones políticas e internacionales.

Y cuando la guerra se convierte en un instrumento, los límites desaparecen. No porque hayan dejado de existir, sino porque ya no conviene respetarlos.

Andrea Riccardi añade otra reflexión en un artículo publicado en el Corriere della Sera del 1 de mayo de 2026 bajo el título: «Las guerras modernas non se ganan».

Vivimos una época en la que la guerra, considerada un «flagelo», como la define la Carta de las Naciones Unidas, se ha convertido en el principal «instrumento» de la política internacional. Se entra con facilidad en un conflicto, pero luego resulta imposible salir de él, ni mediante la negociación ni mediante la victoria. Así lo demuestran las conversaciones de Islamabad entre Estados Unidos e Irán, mediadas por Pakistán, que se prolongan sin alcanzar un punto de encuentro. El régimen iraní, descabezado tras el asesinato del Líder Supremo, Ali Jamenei, que estaba al frente del país desde 1989, tiene dificultades para presentarse como un interlocutor unido y articulado ante Estados Unidos, que, por su parte, pretende retirarse de esta crisis de manera digna.

Desde el pasado 1 de marzo, la situación se ha complicado aún más con la crisis del estrecho de Ormuz, por donde transita aproximadamente el 20 % de la producción mundial de petróleo y gas, un paso marítimo que nunca antes había sido cerrado. El conflicto comenzó con bombardeos israelíes y estadounidenses contra objetivos iraníes de carácter militar, industrial y político. El régimen de Teherán parecía debilitado por la crisis económica y por las protestas que, desde el otoño de 2025, se sucedían al grito de «Mujer, Vida, Libertad», así como por las manifestaciones más recientes de comienzos de enero, todas ellas reprimidas con extrema dureza. Sin embargo, el país sigue resistiendo la presión militar pese a las destrucciones y las sanciones. No se trata tanto de una expresión de cohesión interna —aunque los bombardeos la hayan favorecido, pese a la persistente impopularidad del régimen—, sino de una característica propia de las guerras del siglo XXI. La superioridad militar de Estados Unidos e Israel frente a Irán es evidente, pero, en el estado actual del armamento y de la disuasión, la fuerza ya no basta para doblegar a Teherán. Es una situación que se repite en numerosos escenarios, debido al nivel alcanzado por las capacidades militares, más allá incluso de la posesión de armas nucleares.

Hace ya más de cuatro años, desde el 24 de febrero de 2022, que rusos y ucranianos combaten en una guerra con un balance devastador de víctimas y destrucción, cuyo coste recae casi por completo sobre Ucrania tras la invasión rusa. La agresión pretendía desencadenar una Blitzkrieg, una guerra relámpago destinada a derribar el gobierno de Volodímir Zelenski e instaurar otro favorable a Moscú, contando además con la frágil cohesión de un Estado joven, parcialmente rusófono y con importantes minorías rusas. La resistencia ucraniana fue una amarga sorpresa para Vladímir Putin, convencido de lograr una rápida victoria. El apoyo occidental, iniciado incluso antes de la invasión, resultó vital, pero también fue decisiva la reacción unánime provocada por la agresión, que fortaleció la unidad del pueblo ucraniano. De este modo, con algunas variaciones, el conflicto terminó convirtiéndose casi en una guerra de posiciones, mientras los bombardeos continúan. Es un claro ejemplo de cómo la guerra contemporánea tiende a prolongarse indefinidamente, causando enormes daños materiales y un elevadísimo coste en vidas humanas. Donald Trump había prometido una rápida solución al conflicto ruso-ucraniano, pero la situación permanece hoy completamente estancada.

Fue precisamente él quien, durante su primer mandato, impulsó el Acuerdo de Doha con los talibanes en 2020, poniendo fin a veinte años de presencia de las tropas estadounidenses y aliadas en Afganistán, con su retirada al año siguiente. Con aquella decisión puso término a una guerra que parecía imposible de concluir. El balance fue trágico: 241.000 muertos, entre ellos más de 65.000 afganos aliados de la coalición y más de 85.000 talibanes y combatientes afines. En la coalición occidental murieron más de 3.500 soldados, de los cuales 57 eran italianos. Sin olvidar a los numerosos afganos que habían confiado en la democracia y en la emancipación de las mujeres, y que se vieron obligados a huir o siguen viviendo bajo amenaza.

Esta larguísima operación de boots on the ground, agravada por el terreno extremadamente accidentado de Afganistán, demuestra hoy la dificultad —cuando no la imposibilidad— de ganar este tipo de guerras, pese al enorme despliegue de poder militar y tecnológico. La experiencia soviética en ese mismo país ya lo había anticipado. Pero las lecciones de la historia quedan oscurecidas por la exaltación de la fuerza y del instrumento militar.

El discurso que León XIV continúa desarrollando con coherencia sobre la guerra y la paz se fundamenta en la trágica lección de los conflictos de los siglos XX y XXI. No nace de una especie de «buenismo» ingenuo, sino de una profunda inspiración evangélica unida a una observación lúcida de la realidad mundial.

El papa Francisco escribió: «Toda guerra deja el mundo peor de como lo encontró». Y añadió: «Ya no podemos pensar en la guerra como una solución, porque los riesgos serán probablemente siempre superiores a la hipotética utilidad que se le atribuya. Ante esta realidad, hoy resulta muy difícil sostener los criterios racionales elaborados en otros siglos para hablar de una posible “guerra justa”. ¡Nunca más la guerra!», concluía.

La guerra sigue siendo una «inútil matanza». Es una convicción plenamente razonable frente a los atajos belicistas que terminan convirtiéndose en un túnel del que ya no se puede salir, pagando un precio inmenso en vidas humanas y sometiendo a las economías de numerosos países a un sufrimiento cada vez mayor.

 

 

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Los comentarios de nuestros lectores (1)

Bernard Farine 17.07.2026 Ce texte est intéressant. Le constat de son inefficacité devrait faire réfléchir, si la politique internationale était un peu rationnelle.