Justicia, Paz, Integridad<br /> de la Creación
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Salirse de la palabra-arma no es un acto de rendición

Osservatore Romano 06.06.2026 Chiara Giaccardi Traducido por: Jpic-jp.org

En una época en la que, tras la muerte de Dios, el atributo de la omnipotencia se ha transferido al ser humano (y, en particular, al varón), la palabra tiende a convertirse en una auténtica arma: un arma de ataque, quizá incluso preventivo, antes que de defensa.

Ya no somos capaces de dialogar. Por una parte, porque no soportamos el silencio, que nos pone frente a nosotros mismos antes incluso de ponernos frente al otro, y que constituye la condición indispensable para la escucha. Contrariamente a lo que podría parecer evidente, el primer acto de la comunicación es la escucha, donde el silencio prepara un espacio para el encuentro en lugar de un campo de confrontación.

Las mujeres se encuentran, en muchos aspectos, más predispuestas a ello, porque están más acostumbradas a escuchar las señales de su propio cuerpo o a percibir las de las criaturas que llevan o han llevado en su seno. No se trata de un discurso «esencialista», sino simplemente «situado», porque nuestra existencia es inseparable de nuestra condición corporal.

La segunda razón reside en el individualismo radical, esa abstracción —en el sentido literal del término, porque nos «arranca» de las relaciones que nos constituyen— de la que está impregnada nuestra cultura, o mejor dicho, la ideología dominante. Aunque la ciencia, desde la biología hasta la física cuántica, nos dice que todo está interconectado, seguimos pensando —incluso la propia libertad— en términos de separación y, lo que es peor, en términos de soberanía del yo.

A pesar de que Hannah Arendt afirmaba que el mayor error de la filosofía política había sido identificar la libertad con la soberanía, seguimos aferrados a esta doble ilusión: el yo, entendido como individuo separado, sería soberano. Pero el lenguaje de la soberanía es el lenguaje de la guerra, del enfrentamiento entre soberanías. Esto vale tanto para las relaciones interpersonales como para la geopolítica. Dentro de este marco, el diálogo no puede sino polarizarse y volverse beligerante, orientado a destruir o deslegitimar al otro en lugar de comprenderlo.

Hoy, con el mundo digital, comenzamos a creer que la inteligencia artificial podrá resolver nuestras controversias, puesto que nosotros ya no somos capaces de ponernos de acuerdo. Se hace realidad así el sueño del filósofo y matemático Gottfried Wilhelm Leibniz, quien ya a comienzos del siglo XVIII afirmaba: «Llegará un día en que ya no diremos: “Discutamos”, sino: “¡Calculemos!”.»

De hecho, Google ha desarrollado la llamada «Máquina de Habermas», bautizada con el nombre del gran filósofo recientemente fallecido, que dedicó toda su obra al estudio de la racionalidad comunicativa. Sin duda, él no habría visto con agrado que aquello que constituye lo más propiamente humano fuese delegado a un dispositivo tecnológico.

¿Debemos resignarnos? En absoluto. ¿Desde dónde volver a empezar?

Las palabras desarmadas pueden ser un excelente punto de partida.

El desarme nunca es una rendición; es, más bien, una subversión de la lógica de acción y reacción, una lógica destinada a una escalada que siempre deja tras de sí muertos y heridos. Es una propuesta encarnada en un gesto, y no solo en un programa, que inaugura un nuevo marco de relaciones.

Hace falta valentía para renunciar a las armas. Pero también hace falta sentido del límite, sin el cual los delirios de omnipotencia se expanden con sus consecuencias devastadoras. Porque un yo soberano que se cree omnipotente no puede sino volverse violento.

La palabra más desarmada de todas es la oración. Como revela la propia raíz del término, nace de nuestra conciencia de la precariedad, de nuestra falta de autosuficiencia, del reconocimiento de nuestra fragilidad, de la necesidad no tanto de pedir cuanto de confiarnos. Y quizá, sencillamente, de dar gracias. Basta pensar en el canto del Magnificat y en la fuerza que brota no del poder, sino de la deponencia: de la aceptación del propio límite, acompañada de una actitud de disponibilidad activa y de responsabilidad.

Porque entre la arrogancia del poder y la angustia de la impotencia existe un tercer camino que rechaza todo dualismo: el de la deponencia.

Se trata de un concepto tomado de la gramática latina, donde algunos verbos —precisamente aquellos que expresan las experiencias más decisivas de la existencia humana, como nascor («nacer»), morior («morir»), experior («experimentar») y loquor («hablar»)— tienen forma pasiva, pero significado activo. Con ello expresan la unión inseparable entre actividad y receptividad, entre elegir y acoger, que caracteriza nuestra condición humana.

La palabra desarmada es una palabra deponente.

El desarme no es docilidad ni aceptación pasiva. Es la capacidad de actuar de otra manera, de romper la lógica de la dominación y de la violencia. Es arrodillarse ante soldados armados y dispuestos a disparar. No como un gesto de desafío, sino como una invitación a renunciar a la violencia, proclamando el carácter sagrado de la vida humana, incluso al precio de la propia.

Desarmada es también la palabra poética que, como escribió el poeta Mahmud Darwish, «dice la verdad sin proclamarla». No la impone ni pretende poseerla.

Desarmada es la palabra que acepta que siempre permanece una parte de opacidad y de misterio; que prefiere sugerir antes que definir; que reconoce que siempre existe algo más allá de lo que somos capaces de expresar.

Hoy, sin embargo, el lenguaje —imitando el de la ciencia— pretende poseer la realidad en una transparencia absoluta, dominar aquello que, por definición, siempre escapa a nuestro control. El ideal contemporáneo del lenguaje es la datificación: la traducción —y reducción— de todo cuanto existe a datos, a un lenguaje que promete controlar y manipular tanto la realidad como a las personas.

La palabra desarmada es la palabra de la esperanza. No dice: «Todo saldrá bien», sino: «Vale la pena comprometerse», decir sí, independientemente del resultado.

La palabra desarmada solo puede florecer en el terreno de la fraternidad y de la sororidad. Nace de la conciencia de que todos estamos vinculados unos a otros y de que: «Cada palabra que damos al mundo se escribe sobre la carne de alguien» (Francesca Mannocchi).

La palabra desarmada desarma. Invita a abandonar la confrontación para abrazar el encuentro, y lo hace dando ejemplo, aceptando el riesgo y haciendo sagrados tanto el gesto como aquello que lo inspira.

Son palabras desarmadas las de Simone Weil, Madeleine Delbrêl, Etty Hillesum, pero también las de Margherita Guidacci, Mariangela Gualtieri, Chandra Livia Candiani y tantas otras mujeres que supieron captar lo esencial y ofrecerlo en palabras capaces de tocar el corazón.

La palabra desarmada pone al descubierto la violencia de quien necesita las armas para imponerse, pero lo hace rechazando la lógica de vencedores y vencidos, para señalar el camino de nuestra humanidad compartida.

Uscire dalla parola-arma non è un atto di resa

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