Quizá ese era el secreto: hay cosas hermosas que no se pueden retener. Se encuentran. Durante un instante son tuyas; o, mejor dicho, eres tú quien les pertenece; ellas pertenecen al prado, al viento, a esa luz oblicua de septiembre que hace brillar todas las cosas. Después levantan el vuelo. Y la belleza no desaparece con ellas. Permanece dentro de ti, como un sabor.
Había una vez, en un pueblo al pie de una montaña verde, un muchacho llamado Elías.
Elías tenía una pasión: las mariposas. No para estudiarlas, ni para admirarlas, sino para tenerlas. En cuanto veía una, echaba a correr con su red, la atrapaba y la metía en un frasco de cristal con la tapa perforada. Su habitación estaba llena de aquellos frascos, apilados unos sobre otros, alineados en el alféizar de la ventana, en las estanterías y hasta en el suelo.
Cada mañana se levantaba y las contaba.
Cuarenta y dos. Cincuenta y siete. Sesenta y nueve.
Pero cuanto más mariposas capturaba, menos las veía de verdad. Cuando entraba en un prado ya no percibía el aroma de la hierba húmeda, ya no escuchaba el zumbido de las abejas, ya no levantaba la vista hacia el cielo. Solo veía posibles presas.
Aquella azul con las puntas anaranjadas... esa todavía no la tengo. Aquella grande, allá al fondo... tengo que ser rápido.
Un día su abuela lo vio regresar corriendo a casa, sudoroso, con un nuevo frasco en la mano. Dentro, una mariposa blanca golpeaba sus alas contra el cristal.
—Abuela, ¡mira! Todavía no tenía una tan blanca.
La abuela no dijo nada. Se acercó al frasco, lo sostuvo entre sus manos durante un instante, luego lo dejó sobre la mesa y preguntó:
—Elías, ¿cuándo fue la última vez que viste volar a una mariposa?
Él se quedó pensando. No conseguía recordarlo.
—¿Volar? Las miro todos los días.
—No —respondió ella—. Las persigues todos los días. Mirarlas es otra cosa.
Elías no lo entendió. O quizá sí lo entendió, pero no quiso reconocerlo. Aquella noche se acostó con su nuevo frasco sobre la mesilla.
A la mañana siguiente, su abuela lo llevó por un sendero del bosque hasta un pequeño prado abierto en la ladera de la montaña. Era septiembre; el aire ya olía a resina y al final del verano. Se sentaron sobre la hierba.
—Ahora no hagas nada —le dijo.
—¿Nada?
—Nada. Mantén simplemente las manos sobre el regazo.
Elías obedeció, aunque le picaban las manos de ganas de moverse.
Durante los primeros minutos no vio nada interesante. Luego, poco a poco —como cuando los ojos se acostumbran a la oscuridad— empezó a ver.
Una libélula que se posaba sobre un tallo y enseguida volvía a levantar el vuelo.
Un pajarillo escondido entre las ramas que repetía una sola nota, clara y precisa.
La sombra de una nube que cruzaba el prado como una mano inmensa y silenciosa.
Y entonces, de repente, apareció una gran mariposa amarilla, lenta, indiferente a todo, que atravesó el prado de un extremo al otro con una gracia tan inútil que parecía un regalo.
Elías la siguió con la mirada hasta que desapareció entre los árboles.
No tenía la red.
No tenía el frasco.
Y fue la mariposa más hermosa que había visto en toda su vida.
Regresó a casa en silencio. Aquella tarde abrió todos los frascos, uno por uno, sobre el alféizar de la ventana abierta.
Algunas mariposas salieron enseguida, como flechas.
Otras vacilaron unos instantes.
Una permaneció inmóvil en el borde del frasco durante casi un minuto; después abrió lentamente las alas, como quien se despereza tras un largo sueño, y echó a volar.
La habitación parecía más vacía.
Elías esperaba sentirse triste.
Sin embargo, se sintió ligero.
Desde aquel día siguió yendo a los prados. Pero iba de otra manera: con las manos descansando sobre el regazo, tal como le había enseñado su abuela. Y, curiosamente, las mariposas parecían no tenerle miedo. A veces se posaban sobre una rodilla, sobre un hombro o en la punta de un dedo.
Una tarde, mientras una pequeña mariposa naranja descansaba sobre su muñeca, Elías pensó que quizá ese era el secreto: hay cosas hermosas que no se pueden retener. Se encuentran. Durante un instante son tuyas; o, mejor dicho, eres tú quien les pertenece; ellas pertenecen al prado, al viento, a esa luz oblicua de septiembre que hace brillar todas las cosas.
Después levantan el vuelo.
Y la belleza no desaparece con ellas.
Permanece dentro de ti, como un sabor.