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La selva húmeda africana cambia de bando

Attualità, Clima 14.04.2026 Ouest-France Traducido por: Jpic-jp.org

Durante décadas, las selvas tropicales africanas desempeñaron el papel de gigantes benevolentes del clima, absorbiendo masivamente el dióxido de carbono que la humanidad libera a la atmósfera. Pero un importante descubrimiento científico acaba de sacudir nuestras certezas. Un estudio internacional revela que, desde 2010, los bosques africanos han dejado de ser aliados del clima: se han convertido en sus enemigos. El cambio se produjo silenciosamente, lejos de las cámaras y de la atención pública. Hoy, la cuenca del Congo y sus vastas extensiones de vegetación liberan más carbono del que capturan. Esta inversión de funciones marca un giro ecológico sin precedentes y cuestiona nuestra capacidad para controlar el cambio climático.

Del sumidero al abismo: el gran vuelco

Hasta hace pocos años, los científicos creían disponer de una especie de válvula natural de seguridad climática. Las selvas tropicales africanas representaban uno de los tres grandes pulmones forestales del planeta, junto con la Amazonía y los bosques del Sudeste Asiático. Durante más de tres décadas, absorbieron cada año el equivalente a dos mil millones de toneladas de dióxido de carbono, una cantidad colosal que compensaba parcialmente nuestras emisiones.

Sin embargo, los datos satelitales y las mediciones directas sobre el terreno realizadas por investigadores de la Université libre de Bruxelles, del Centre de coopération internationale en recherche agronomique pour le développement y de otras prestigiosas instituciones cuentan hoy una historia muy distinta. Entre 2010 y 2018, los bosques de la cuenca del Congo emitieron alrededor de 0,6 giga toneladas netas de CO₂ al año, mientras que sólo absorbieron 0,4. El balance ya no cuadra. El sistema climático terrestre acaba de perder uno de sus mecanismos de protección más esenciales.

Cómo funciona un sumidero forestal de carbono

Para comprender este dramático cambio, primero es necesario entender el mecanismo básico que convierte a los bosques en aliados naturales del clima. Una selva tropical funciona como una inmensa fábrica biológica de captura de carbono. Los árboles, durante su crecimiento, absorben CO₂ de la atmósfera mediante la fotosíntesis y lo almacenan en su madera, hojas y raíces.

Mientras la selva continúe desarrollándose y haya más árboles creciendo que árboles muriendo y descomponiéndose, el balance seguirá siendo positivo para el clima. El bosque actúa entonces como un sumidero de carbono, es decir, retira más carbono de la atmósfera del que devuelve. Eso fue exactamente lo que ocurrió en África central durante décadas. Los bosques del Congo, inmensos y ancestrales, continuaban creciendo y acumulando biomasa.

Pero este equilibrio descansa sobre una premisa frágil: el bosque debe permanecer intacto y estable. En cuanto aparecen perturbaciones, el balance se invierte rápidamente. Un árbol que muere y se pudre libera el carbono que había almacenado. Un bosque degradado, donde la mortalidad supera al crecimiento, se convierte en una fuente neta de emisiones.

Por qué los bosques del Congo están cambiando de papel

El principal responsable de este vuelco tiene un nombre bien conocido por los climatólogos: el propio cambio climático. Las temperaturas medias en África central han aumentado considerablemente en las últimas dos décadas. Este incremento térmico viene acompañado de alteraciones en el régimen de lluvias: algunas regiones sufren sequías más frecuentes e intensas, mientras que otras experimentan precipitaciones cada vez más irregulares.

Sin embargo, las selvas tropicales africanas, pese a su apariencia robusta, siguen siendo sorprendentemente sensibles a las variaciones climáticas. Evolucionaron durante millones de años en un entorno estable y se adaptaron a condiciones muy precisas. Cuando la temperatura y la humedad se apartan demasiado rápido de la norma, los árboles comienzan a sufrir. Su crecimiento se ralentiza. Aumenta su vulnerabilidad frente a enfermedades y plagas. Y, sobre todo, los fenómenos climáticos extremos, como las sequías prolongadas, provocan directamente la muerte de los árboles.

Paralelamente, la presión humana no ha disminuido. La deforestación para la agricultura, la explotación forestal legal e ilegal y la fragmentación de los hábitats continúan debilitando los bosques. Estas perturbaciones humanas, combinadas con el cambio climático, crean una situación explosiva: bosques debilitados, fragmentados y expuestos a condiciones meteorológicas cada vez más extremas.

La degradación silenciosa de los bosques

Lo que hace especialmente insidioso este fenómeno es que no siempre viene acompañado de talas visibles. Los bosques no desaparecen de golpe. Se degradan progresivamente, casi de forma imperceptible para quien no sabe observar. Los árboles mueren a un ritmo acelerado y son reemplazados por una vegetación más pobre, menos capaz de almacenar carbono. Los investigadores hablan de una “mortalidad acelerada de la madera” para describir este proceso.

Imaginemos una vieja selva tropical como un organismo vivo complejo. Sus árboles más antiguos y grandes representan la mayor parte del carbono almacenado. Cuando estos gigantes centenarios mueren —ya sea por sequías, tormentas más violentas o enfermedades oportunistas—, el carbono que contenían regresa a la atmósfera. Y si la regeneración no acompaña, si los árboles jóvenes no compensan la pérdida, el bosque pasa de ser un aliado a convertirse en un emisor neto de carbono.

El fenómeno, además, se retroalimenta. Un bosque degradado es más vulnerable a los incendios. Los incendios liberan enormes cantidades de carbono y fragmentan aún más las masas forestales. Los fragmentos se convierten en islas aisladas, más sensibles al efecto borde, donde las condiciones micro climáticas cambian radicalmente.

Las cifras alarmantes de esta transformación

La magnitud cuantitativa del fenómeno debe entenderse en toda su gravedad. Entre 2010 y 2018, los bosques de la cuenca del Congo emitieron 0,2 giga-toneladas netas adicionales de CO₂ al año en comparación con la década de 1990. Para contextualizar, esto equivale a las emisiones anuales totales de la Francia actual. Y, sin embargo, estas emisiones proceden de una región que considerábamos una auténtica válvula de seguridad climática.

Las estimaciones muestran que la mortalidad de los árboles ha aumentado un 60 % en veinte años en ciertas regiones de la cuenca del Congo. Al mismo tiempo, la tasa de crecimiento de los árboles restantes ha disminuido. Esta doble dinámica —mortalidad acelerada y crecimiento ralentizado— explica por qué el balance se ha invertido de forma tan dramática. Los investigadores corrigieron los datos teniendo en cuenta los incendios provocados y otras perturbaciones humanas evidentes, y aun así la señal climática siguió siendo predominante.

Otro indicador inquietante es el destino del carbono liberado. Una parte escapa directamente a la atmósfera en forma de CO₂. Otra es procesada por los microorganismos del suelo o liberada como metano debido a la saturación de agua en los suelos forestales. La selva tropical africana, lejos de frenar el cambio climático, lo está acelerando.

Las consecuencias para el clima global

Esta inversión del papel de los bosques africanos se produce en un momento crítico de la crisis climática. El mundo ya ha superado 1,1 grados Celsius de calentamiento respecto a la era preindustrial, y la ventana para mantenerse por debajo de 1,5 grados se está cerrando rápidamente. Los modelos climáticos preveían que las selvas tropicales continuarían desempeñando una función moderadora. Esa hipótesis ahora debe revisarse.

La pérdida de un sumidero de carbono tan masivo significa que los esfuerzos de reducción de emisiones deberán reforzarse en otros ámbitos. Esto hace que los objetivos de neutralidad de carbono sean aún más difíciles de alcanzar. Gobiernos y empresas que contaban con el crecimiento de los bosques tropicales para compensar sus emisiones deberán replantear sus estrategias de de-scarbonización.

También existe un riesgo de efecto dominó. Si la cuenca del Congo continúa degradándose y se transforma en una fuente neta de emisiones, otras selvas tropicales podrían seguir una trayectoria similar. La Amazonía, ya debilitada por la deforestación, podría alcanzar un punto de inflexión comparable. En ese momento, los mecanismos de retroalimentación climática se acelerarían de manera no lineal y catastrófica.

Existen soluciones, pero la acción urgente sigue siendo insuficiente

El diagnóstico científico es claro: hay que detener la degradación de los bosques africanos y permitir su regeneración. Esto implica reducir drásticamente la deforestación, poner fin a la explotación forestal no sostenible y proteger los bosques frente a los impactos del cambio climático. Sobre el papel, las soluciones existen. Las reservas forestales bien gestionadas pueden recuperarse. La restauración de los bosques degradados es posible. Políticas climáticas ambiciosas pueden mitigar los choques térmicos.

Pero sobre el terreno, la urgencia aún no se traduce en acciones suficientes. La financiación destinada a la protección forestal sigue siendo insuficiente. Las presiones económicas para convertir tierras en agricultura intensiva persisten. Y el cambio climático continúa acelerándose, amenazando con volver obsoletas las medidas de restauración incluso antes de que puedan dar resultados.

La transformación de los bosques de la cuenca del Congo, que han pasado de ser sumideros de carbono a fuentes netas de emisiones, representa mucho más que una mala noticia local. Es una señal de alarma global que demuestra hasta qué punto nuestros sistemas naturales son frágiles frente al cambio climático que nosotros mismos hemos desencadenado. Los bosques que debían ayudarnos a salvar el planeta son hoy los que están en peligro. Restaurar este equilibrio roto exige una movilización mundial inmediata, firme e inquebrantable.

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