«Reform, transform or die»: la fórmula pronunciada hace algunos meses por la expresidenta de la Asamblea General, María Fernanda Espinosa, parece haber encontrado en el 81º período de sesiones de la ONU una confirmación más actual que nunca. La High-Level Week de Nueva York ha mostrado un sistema multilateral sometido a fuertes presiones, pero también la persistencia de la convicción de que las Naciones Unidas siguen siendo indispensables. Balance de la Asamblea General de las Naciones Unidas de 2026.
Cuando el 22 de septiembre de 2026 se abrió el debate general del 81º período de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas, el presidente de la Asamblea, el bangladesí Khalilur Rahman, planteó la pregunta que estuvo en el centro de la semana: «Fuera de estos muros, la gente no se pregunta si las Naciones Unidas siguen existiendo. Se pregunta si funcionan». El tema elegido para el período de sesiones —«Restoring Trust, Managing Transformation: A United Nations That Delivers for All», «Restaurar la confianza, gestionar la transformación: unas Naciones Unidas que ofrezcan resultados para todos»— no era, por tanto, un eslogan diplomático, sino el problema mismo al que los gobiernos estaban llamados a enfrentarse.
El balance de la semana, que concluyó el 28 de septiembre, es ambivalente. Por una parte, casi doscientas delegaciones reafirmaron que la paz, el derecho internacional, el desarrollo sostenible, los derechos humanos y la cooperación multilateral siguen siendo indispensables. Por otra, los conflictos, las divisiones geopolíticas, la crisis climática, las desigualdades, las presiones financieras sobre la ONU y la rapidísima transformación tecnológica han mostrado hasta qué punto resulta difícil traducir estos principios en decisiones eficaces.
Una crisis de confianza que también afecta a la ONU
Al abrir el debate, el secretario general António Guterres describió un mundo en el que «las líneas de fractura se están ampliando»: guerras prolongadas, civiles atacados, derechos humanos pisoteados, el hambre utilizada como arma, trabajadores humanitarios asesinados, el derecho internacional dejado de lado, desigualdades crecientes y una crisis climática que ya se ha convertido en una realidad cotidiana. A todo ello se suma la inteligencia artificial, cuyo ritmo de desarrollo ha superado la capacidad de las instituciones para gobernarla.
El presidente Rahman insistió en el mismo punto: la confianza no puede simplemente exigirse; debe ganarse mediante decisiones creíbles, compromisos cumplidos y resultados concretos. Al término del debate general, el 28 de septiembre, observó que la palabra que más se había repetido en las intervenciones de los gobiernos había sido «paz», no como una aspiración lejana, sino como defensa de la Carta de la ONU, del derecho internacional y de la protección de los civiles. Recordó Gaza, Myanmar, Sudán, Ucrania y la cuestión de los rohinyás como expresiones diferentes de una misma crisis internacional.
La conclusión más significativa es quizá precisamente esta: el problema de la ONU no es solamente su capacidad para adoptar resoluciones, sino su capacidad para transformarlas en cambios reales. Como resumió Rahman, la verdadera prueba del multilateralismo es saber si la acción colectiva consigue cambiar la realidad sobre el terreno.
Reformar la ONU: todavía una promesa, todavía no un giro decisivo
La reforma de las Naciones Unidas siguió siendo uno de los temas centrales de la semana. Muchos gobiernos pidieron una organización más representativa y capaz de responder a las realidades geopolíticas del siglo XXI. La demanda africana de una presencia permanente en el Consejo de Seguridad fue especialmente contundente.
En su discurso de clausura, Rahman calificó la exclusión de África de los puestos permanentes de «injusticia persistente» y subrayó que ningún programa de reforma, incluida la iniciativa UN80, puede considerarse completo sin abordar esta cuestión. Nigeria, entre otros países africanos, reiteró la petición de al menos dos puestos permanentes para África, con derecho de veto mientras dicho derecho siga existiendo.
Pero de la High-Level Week no surgió ninguna decisión capaz de modificar concretamente la composición del Consejo. La reforma sigue siendo, por tanto, un proceso político todavía abierto.
Lo mismo ocurre con la transformación interna de la ONU. La iniciativa UN80, puesta en marcha con motivo del 80º aniversario de la Organización, pretende reducir duplicaciones, aumentar la eficiencia y adaptar el aparato de las Naciones Unidas a las nuevas condiciones financieras y geopolíticas. Pero Rahman subrayó que la reforma administrativa no puede sustituir a la política: cambiar estructuras y reducir costes no basta si no cambia también la capacidad de los Estados miembros para adoptar decisiones compartidas.
Guerras y crisis humanitarias: el gran fracaso no resuelto
La guerra permaneció como telón de fondo —y a menudo en el centro— durante toda la semana. Gaza ocupó una parte importante de las intervenciones, junto con las guerras y crisis de Ucrania, Sudán y Myanmar y la situación de los rohinyás. Guterres pidió a los dirigentes que aprovecharan la semana diplomática para favorecer la desescalada y el diálogo, subrayando que la fuerza no puede convertirse en el árbitro final de los derechos y del futuro de las poblaciones.
El problema es que la ONU sigue enfrentándose a la contradicción entre la centralidad de la Carta y la dificultad de los Estados miembros para aplicar coherentemente sus principios. La propia presidencia de la Asamblea subrayó que el derecho internacional, el derecho humanitario y la protección de los civiles no pueden aplicarse de manera selectiva si se quiere recuperar la confianza en el orden multilateral.
En este sentido, la 81ª Asamblea no resolvió el problema de las grandes guerras abiertas. Sin embargo, puso de manifiesto que la credibilidad de la ONU dependerá cada vez más de su capacidad para colmar la distancia entre las declaraciones y la protección efectiva de las poblaciones.
Clima, nivel del mar y desarrollo: algunos resultados concretos
En el frente climático, la semana produjo al menos un resultado institucional significativo. El 24 de septiembre, la Asamblea General adoptó una Political Declaration on Sea-Level Rise, reconociendo el fenómeno no solo como un problema medioambiental, sino también humanitario, económico, de desarrollo y de seguridad.
Los datos recordados durante la reunión muestran la dimensión del desafío: el nivel medio mundial del mar está aumentando actualmente a un ritmo más del doble del registrado durante los primeros años de las observaciones por satélite; unos 900 millones de personas viven en zonas costeras bajas y más de mil millones podrían estar expuestas a riesgos costeros para 2050.
También se volvió a poner de relieve la cuestión del derecho al desarrollo con motivo del 40º aniversario de la Declaración de 1986. El presidente Rahman insistió en que desarrollo no significa solamente crecimiento económico, sino también la posibilidad de que las personas vivan con dignidad, ejerzan sus derechos y participen en las decisiones que afectan a su futuro. La nueva frontera es también tecnológica: los países en desarrollo no deben limitarse a consumir las tecnologías del futuro, sino que deben poder contribuir a determinar las reglas y orientaciones que las regirán.
En cuanto a los Objetivos de Desarrollo Sostenible, el panorama sigue siendo difícil. El informe de la ONU de 2026 indica que solo el 36 % de las 139 metas para las que existen datos sobre las tendencias están bien encaminadas o muestran progresos moderados. La deuda, los conflictos, las desigualdades y las perturbaciones climáticas siguen ralentizando la Agenda 2030.
Una lección de la pandemia: la salud es un bien mundial
El 25 de septiembre, la Asamblea dedicó una jornada a la prevención y la preparación frente a las pandemias. Después de la COVID-19, el objetivo era transformar las lecciones de la pandemia en compromisos duraderos.
La reunión condujo a la adopción de una nueva declaración política sobre la prevención, la preparación y la respuesta ante las pandemias, basada en la cooperación, la equidad y la solidaridad. La declaración subraya la necesidad de reforzar los sistemas sanitarios, las capacidades nacionales y locales, la vigilancia y el acceso equitativo a las herramientas sanitarias.
Sin embargo, queda todavía por completar un elemento decisivo: el sistema de Pathogen Access and Benefit Sharing (PABS), necesario para hacer plenamente operativo el acuerdo de la OMS sobre pandemias. El director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, insistió en la necesidad de concluir rápidamente las negociaciones.
Inteligencia artificial: la nueva frontera de la gobernanza
Otro tema transversal fue el de la inteligencia artificial. El debate no se limitó a las oportunidades económicas que ofrece la nueva tecnología, sino que planteó una cuestión política fundamental: ¿quién decide las reglas de la IA, ¿quién se beneficia de ella, ¿quién asume los riesgos y quién responde cuando causa daños?
En su balance final de la semana, Rahman insistió en la necesidad de una gobernanza de la inteligencia artificial centrada en el ser humano, inclusiva y atenta a las necesidades de los países en desarrollo. También advirtió del riesgo de una nueva división mundial en la que unos pocos países y unas pocas empresas controlen los datos, la capacidad de computación y las reglas destinadas a influir en el futuro de todos.
El proceso, sin embargo, acaba de comenzar. La ONU ya ha creado nuevos instrumentos de gobernanza de la IA, entre ellos el Global Digital Compact, el panel científico internacional independiente y el Global Dialogue on AI Governance. El presidente de la Asamblea General señaló 2027 como una nueva etapa del debate.
Durban y la lucha contra el racismo
El 28 de septiembre, último día de la High-Level Week, la Asamblea conmemoró el 25º aniversario de la Declaración y el Programa de Acción de Durban contra el racismo, la discriminación racial, la xenofobia y las intolerancias conexas.
El presidente Rahman pidió pasar de las declaraciones a planes de acción nacionales financiados, de las promesas a resultados mensurables y de la impunidad a la justicia. La conmemoración trató así de transformar un aniversario en un nuevo compromiso político.
Y entonces: «reform, transform or die»?
La 81ª Asamblea General no produjo la gran reforma de la ONU que muchos consideran necesaria. No resolvió las guerras, no colmó la brecha entre el Norte y el Sur del mundo, no reformó el Consejo de Seguridad y no devolvió automáticamente la confianza al sistema multilateral.
Pero hizo algo importante: puso claramente estos problemas en el centro del debate.
El mensaje surgido de Nueva York es que la ONU no puede sobrevivir simplemente defendiendo sus propias estructuras. Debe demostrar que es capaz de actuar en un mundo profundamente diferente del de 1945: un mundo de guerras prolongadas, crisis climáticas, desigualdades, migraciones, nuevas tecnologías y centros de poder cada vez más numerosos.
La frase de María Fernanda Espinosa —«reformar, transformar o morir»— sigue siendo, por tanto, una provocación, no una sentencia. La propia Asamblea General ha mostrado que los Estados no quieren renunciar a las Naciones Unidas. Pero también han reconocido, de distintas maneras, que la Organización debe cambiar.
El presidente Rahman cerró el debate con una frase que puede leerse como la síntesis de toda la semana: el diálogo puede ser difícil y frustrante, «pero siempre es mejor que un mundo en el que dejamos de hablar y empuñamos las armas». La verdadera prueba, ahora, no será lo que se dijo en Nueva York, sino lo que hagan los Estados cuando regresen a sus capitales y a las negociaciones de la ONU.
La High-Level Week ha terminado. El desafío de transformar la confianza recuperada en resultados concretos acaba de comenzar.
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